Bautizarse de adulto: lo que no se le exige a un recién nacido
Un adulto que no fue bautizado de niño y que ahora pide formalmente entrar en la Iglesia católica se topa con una asimetría que la institución arrastra desde siglos: al bebé se le administra el sacramento sin consentimiento ni formación previa, mientras que a quien lo solicita por voluntad propia se le reclama un recorrido de catequesis, avales y padrinos. La decisión, en este caso, no responde a una corazonada de última hora. Quien la plantea sitúa su acercamiento a la fe seis o siete años atrás, en un proceso de cambios de hábitos y de entorno que atribuye a una fuerza superior. No reclama ser el creyente modélico. Pide, sencillamente, un sitio.
El camino real: párroco, catequesis y padrinos
El itinerario ordinario no se resuelve con una consulta a un asistente digital. Los pasos que se repiten con insistencia son tres: presentarse ante el párroco de la zona, pasar por una catequesis de adultos y contar con padrinos católicos que avalen la petición. La paradoja salta a la vista: se exige formación a quien llega convencido y se perdona esa misma formación a quien no puede elegir.
Hay quien ve en la consulta previa a una IA el síntoma de una época: resolver por pantalla lo que antes obligaba a llamar a una puerta. La explicación que da el propio interesado es menos grandilocuente y más humana: la introversión. Pedir consejo antes de dar la cara no es pereza, es el preámbulo de casi cualquier trámite serio de la vida adulta.
Convertirse frente a la sospecha
No todas las reacciones acompañan. Junto al ánimo, aparece el recelo hacia la institución, a la que se acusa de haberse convertido en una suerte de organismo asistencial más preocupado por la imagen que por la doctrina. Frente a ese diagnóstico, otros defienden que la búsqueda personal de sentido no necesita permiso ni coartada ideológica.
La pregunta teológica también planea sobre el asunto: si el deseo sincero basta, ¿para qué el agua? La respuesta católica es que el rito no certifica una emoción, la sella. Y en un mundo donde casi todo se firma digitalmente, sigue habiendo actos que exigen presencia física, agua y testigos.
Queda la duda que nadie resuelve del todo: cuando la fe se elige libremente, ¿por qué el camino para ratificarla sigue siendo más largo que para recibirla sin haberla pedido?