Por qué España trabaja normal tras ganar el Mundial y Argentina no lo entiende
El jueves por la mañana, un corresponsal argentino recorría la Puerta del Sol buscando la resaca de la victoria mundialista. Lo que encontró fue todo lo contrario: calles limpias, tráfico fluido y gente camino al trabajo. «Parecen aburridos», comentó, sin comprender que la normalidad no es aburrimiento, sino rutina de un país que ha aprendido a separar el fútbol de la vida real. La escena, retransmitida en un canal argentino, desató un torrente de opiniones que trasciende el deporte y se adentra en las diferencias estructurales entre dos economías: una que ha mercantilizado el fútbol como opio del pueblo y otra que lo trata como espectáculo, no como misión de Estado.
El abismo cultural: de la fiesta patria a la jornada laboral
En Argentina, el fútbol es religión. Cada cuatro años, el país se paraliza durante el Mundial: los partidos son feriado no oficial, las calles se llenan de banderas y el día después de un título es casi festivo por decreto implícito. Por eso, cuando el corresponsal vio a los españoles yendo a trabajar al día siguiente de ganar el Mundial (según la cronología del momento), la perplejidad fue mayúscula. «¿No es feriado?», preguntaba. La respuesta es que aquí no lo es. España, uno de los países con más festivos del calendario laboral (14 nacionales más autonómicos y locales), no añade uno extra por un éxito deportivo. ¿Por qué? La explicación es múltiple.
Por un lado, está la experiencia histórica. Quienes defienden la sobriedad española recuerdan que en el 2010, cuando la selección ganó el Mundial, tampoco hubo parón general. Hubo celebraciones, sí, pero al día siguiente el país funcionó con normalidad. La diferencia con Argentina es que aquí el fútbol ha sido, pogre, desacralizado. Como apuntan varios análisis, la población ha asumido que «el fútbol no te da de comer» y que, en un contexto económico de inflación, crisis de vivienda y precariedad, parar un día por una copa sería un lujo que el país no puede permitirse ni en términos de imagen internacional. El mensaje implícito es: somos serios, trabajamos y no nos dejamos llevar por el circo.
Circo, pan y Milei: la lectura política de un contraste
La anécdota del corresponsal no es ingenua. En el trasfondo, late una crítica al modelo argentino y, de paso, a la gestión de Javier Milei, que llegó al poder prometiendo recortar el gasto público y acabar con el «pan y circo». Irónicamente, el fútbol sigue siendo el circo que distrae de una economía en caída libre. «Perdiste el Circenses y vas muy corto de Panem», se lee en el hilo, en referencia a la falta de pan (inflación, pobreza) y a la obsesión por el fútbol como vía de escape. Mientras, España, con menos recursos naturales y una crisis reciente de deuda, ha priorizado la productividad sobre la euforia.
No es que los españoles sean menos futboleros. La afición existe, pero está más segmentada. Los seguidores más vehementes suelen concentrarse en ciertos estratos, mientras en Argentina la fiebre es transversal y casi patológica. La prueba: la final de la Copa Libertadores entre River y Boca (2018) se trasladó a Madrid por la violencia en Buenos Aires. Argentina lleva el fútbol al extremo; España, a la razón. Y la razón dice que un día de trabajo perdido tiene un coste económico que ningún trofeo compensa.
El dato que descoloca: un país que no para ni para celebrar
España tiene fama de país festivo, pero en esto es casi germánica. La escena del corresponsal en la Puerta del Sol fue descrita como «aburrida» por algunos medios argentinos; para los españoles, fue simplemente normal. Un dato ilustra la diferencia: mientras en Argentina hubo imágenes de Ezeiza con multitudes esperando a la selección, en Barajas (Madrid) la afluencia era la de un día cualquiera. La gente no fue a recibir a los campeones. Fue a trabajar. Y esa rutina, para un país que vive el fútbol como religión, es incomprensible.
El contraste no es nuevo. Ya en el Mundial de 2010, en un pequeño pueblo de la España vaciada, sus 200 vecinos veraniegos no gritaron ni encendieron campanas. La fiesta fue contenida. Con los años, la tendencia se ha acentuado: el Mundial de 2022 se celebró menos que el de 2010, y el siguiente promete aún menos fervor. No es desinterés, es madurez. O, como dice una cita recurrente en los análisis: «El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes». Y en España, ya hace tiempo que se aplica el cuento.