La oposición venezolana exhibe un 65-35 con las actas ocultas
Mientras el Consejo Nacional Electoral proclamaba a Nicolás Maduro con el 51,20% de los votos —5.150.092 apoyos—, la oposición hacía público un recuento muy distinto, armado con las planillas de sus fiscales. De las actas que lograron recuperar, en torno a un
30% del total, el resultado era de
65% a 35%. En ese tercio de mesas el margen se disparaba hasta el
75% para la oposición. El otro 70% no se mostraba. Ni se mostraba ni aparecía.
El dato llegó a cuentagotas durante la madrugada electoral y ninguna autoridad lo confirmaba. Fiscales de la oposición —a los que allí se llama «testigos»— denunciaban que el Comando Electoral les impedía el acceso a los centros y que el sistema «informatizado» no arrojaba una sola cifra oficial cuando ya había amanecido.
El 70% de las actas que el CNE no publica
La denuncia central no era el margen, sino el silencio. El organismo está obligado a publicar las actas en línea, mesa a mesa, y ese paso nunca llegó. Con un tercio de las planillas en la mano, el cálculo más optimista de la oposición sostenía que tapar el hueco era imposible: para dar la vuelta a un 65-35 haría falta algo más que un recuento. En el Estado de Táchira, uno de los más grandes, ya se habían registrado enfrentamientos. El rumor de un posible autogolpe para no reconocer los números corría por todas partes, y Diosdado Cabello pedía a los suyos salir a la calle a «cuidar los resultados».
El recuento de partidos que suma 132%
El escarnio llegó con las sumas. Varias planillas que circularon mostraban totales imposibles: un reparto que sumaba
132,2% entre todos los partidos y hasta
ocho formaciones con el mismo 4,6%. Otro recuento daba un
134%. Un porcentaje global que revienta la aritmética más elemental es, en cualquier auditoría, una bandera roja. Para quienes difundían las planillas no era un fallo del sistema, sino la prueba de unos números cocinados a mano.
Boric, Sánchez y Zapatero: la reacción internacional
Desde el exterior llegaron las cautelas. El presidente chileno, Gabriel Boric, escribió que los resultados publicados eran «difíciles de creer» y exigió transparencia en las actas. Se daba por hecho que Pedro Sánchez avalaría el resultado de forma oficiosa, y la presencia recurrente de José Luis Rodríguez Zapatero en Venezuela durante aquellos días alimentaba toda clase de cábalas sobre el desgaste que un vuelco electoral podría causar en el PSOE. España, mientras tanto, anunciaba una protesta ante la OEA por un comentario despectivo hacia Zapatero. Hay quien veía en todo esto el guion de una revolución naranja; enfrente, la respuesta era la de siempre: injerencia exterior.
El bulo de las urnas robadas que eran aires acondicionados
La desinformación jugó en ambas direcciones. Un vídeo sobre un supuesto robo de cajas electorales por colectivos armados, difundido por Elon Musk, resultó ser otra cosa: el material sustraído eran aparatos de aire acondicionado. La nota de la comunidad cayó sobre la publicación y hasta quien la difundió acabó borrando el mensaje. El episodio dejó una lección incómoda: en una noche sin actas oficiales, la verificación se convierte en el primer damnificado.
Sanciones, PIB y pobreza: la pelea económica de fondo
Detrás del pulso electoral asoma el argumento económico, y ahí las cifras tampoco se reconcilian. Un bando recuerda que el PIB per cápita venezolano está al nivel de hace 30 y 40 años, que la inflación acumulada en estos años ronda el 130.000% y que, según el relator de la ONU, casi el 82% de la población vive en la pobreza y el 53% en pobreza extrema. El otro responde que la economía lleva cinco años remontando, que el país es autosuficiente en alimentos y que las megasanciones de la principal potencia de la región explican buena parte del desastre. El desglose completo, partida a partida, deja un salto de renta que ninguno de los dos bandos se molesta en cuadrar.
La noche dejó una cifra que resume el pulso: casi ocho millones de venezolanos fuera del país, esperando los resultados desde Lima, Santiago, Buenos Aires o Panamá. A la hora del cierre, el organismo electoral seguía sin publicar las actas, la oposición no reconocía el resultado y Maduro ya estaba proclamado. Lo que faltaba por saber cabía en un 70% de papeletas que nadie había visto.