Vender el alma al diablo: el contrato que casi nunca se rescinde
Un escritor arruinado, un cheque que rebota, una novela robada y una máquina de escribir estrellada contra el asfalto. Con ese currículum de derrotas, la oferta del diablo parece un chollo: fama, dinero y mujeres a cambio de una firma. La película
Atajo a la Felicidad (2003), título original
The Devil and Daniel Webster, también conocida como
Shortcut to Happiness, plantea exactamente eso: un escritor de Nueva York vende su alma y descubre que el éxito comprado sale caro. Anthony Hopkins y Alec Baldwin encabezan el reparto, con una diablesa de rojo que luego sería más famosa. En IMDb tiene un 5,4, dato que el propio planteamiento del tema atribuye a que el listón de la época era otro.
La pregunta que sobrevuela todo es sencilla: ¿es una buena oferta? ¿Incluye sexo? ¿Se puede rescindir el contrato? La respuesta corta: depende de a quién le preguntes, y casi nadie coincide.
Qué incluye realmente el contrato
El argumento es de manual: éxito, fama, dinero y mujeres. El protagonista lo consigue y descubre el vacío. Ahí empieza el juicio, que es la parte que más ha dado que hablar. El demonio no se presenta como un matón: se presenta como un abogado. Alega contrato aceptado voluntariamente, cláusulas claras y contraprestación entregada. Y lanza el argumento que más ha circulado: «Qué clase de Dios que pudiéndoos dar todo, no lo hizo, y la gente acude a mí buscando su felicidad».
Ese giro retórico es el corazón del asunto. El diablo no vende con amenazas, vende con comparaciones. Y ahí está la trampa: si el éxito se compra, el mérito desaparece. La amistad comprada, el amor falso, la fama sin obra. El vacío no es un castigo divino, es contabilidad: lo que no se ha ganado no se disfruta.
El problema jurídico: no puedes vender lo que no es tuyo
Hay un argumento que desmonta todo el negocio desde la raíz. El alma no pertenece al firmante. Pertenece a Dios. La cita que se maneja es Ezequiel 18:4: «He aquí que todas las almas son mías». Y de ahí se deduce que el contrato de venta de alma es nulo de pleno derecho, porque nadie puede transmitir lo que no le pertenece. El diablo, dicen, lo sabe perfectamente.
Calderón lo dejó en verso en
El Alcalde de Zalamea: «Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios». Y Federico el Grande de Prusia lo resumió con menos poesía: «Vuestras almas pertenecen a Dios. El resto es mío». Si el alma no es objeto de comercio, la cláusula de rescisión es automática. Otra cosa es que el diablo acepte la jurisprudencia.
¿Y si el infierno no es lo que venden?
Aquí el debate se pone interesante. Antes de firmar, conviene leer la letra pequeña de qué es exactamente el infierno. Porque si es fuego, torturas y tridentes, hay quien sostiene que se puede aguantar. Pero si es una celda cerrada con música de Bad Bunny en bucle hasta el fin de los tiempos, la cosa cambia. La definición importa más que el precio.
Otra corriente de análisis va más lejos: la Gehena era el vertedero de Jerusalén donde se quemaba la basura. De ahí se interpreta que las opciones no son cielo o infierno, sino conservación del alma tras la muerte o destrucción total. Y hay quien añade que la aniquilación es más terrible que el tormento eterno, porque el tormento al menos implica seguir existiendo.
El diablo no compra almas, las alquila por menudeo
El error de la película, y de casi todas, es pensar que el diablo hace grandes operaciones. No. Su negocio está en el menudeo, en las pequeñas cosas, en las decisiones que no parecen decisiones. Atrapa almas en lo que estas no le dan importancia. No necesita un contrato con sangre ni una firma notarial: le basta con que dejes de prestar atención a lo que sí importa.
Eso conecta con la observación de que el demonio se ceba contra las almas más vulnerables pero con más luz. Es la pregunta clásica: por qué las peores cosas les pasan a las mejores personas mientras los hijos de puta caen siempre de pie. La respuesta que se maneja es incómoda: este plano parece diseñado para los psicópatas, y si no lo eres, date por muerto. El caballo negro es el amo del tablero; el caballo blanco solo aparece a través de la belleza natural y la pureza de un alma en sanación.
La libertad como coartada y como condena
Dios creó el mundo libre, y los humanos con nuestros actos diarios lo convertimos en pesadilla. Ese es el argumento que cierra el círculo. No hay predestinación que valga: Dios está fuera del tiempo, sabe lo que fue y lo que será, pero nos creó con libertad de elegir. La Gracia Divina es lo que permite no someternos a las pasiones materiales. Sin ella, no habría motivo para no comportarnos como animales. Y pese a ella, muchos optan por revolcarse en el barro.
Kant ya se topó con este muro. Al fundamentar la moral solo en el hombre y su conciencia, tuvo que recurrir finalmente a Dios. La moralidad y la felicidad van unidas; la alternativa a esa unión es la desesperación. Y en el mundo, las peores cosas les pasan a los mejores. De ahí su frase: la ley moral es un ideal dentro de mí, debo seguir la idea de la moralidad sin albergar la esperanza de ser feliz.
El caso real: contratos sin firma y sacrificios que se cuentan
Más allá de la película, circulan testimonios que sostienen que el asunto no es metafórico. El exbanquero de élite holandés Ronald Bernard afirmó que los principales financieros adoran a Lucifer y exigen el sacrificio de un niño para obtener poder. Él se negó y eso, según su relato, lo destruyó. Es un testimonio, no una prueba. Pero encaja con la tesis de que hay contratos físicos con las élites y luego los que, sin firmar nada, viven igualmente de ese modo.
El Cristo también fue tentado en el desierto con todas las chuches de este mundo. Todo es simbólico, pero así funciona. La diferencia entre el que firma y el que no firma es menor de lo que parece: ambos pueden acabar sirviendo al mismo amo.
La letra pequeña que nadie lee
El juicio de la película dura un cuarto de hora y es lo mejor del metraje. El demonio argumenta con solidez, el contrato está aceptado voluntariamente y la contraprestación se entregó. Que el tribunal le dé la razón al escritor resulta, para muchos, tramposo. Se le han puesto argumentos tan buenos al diablo que la resolución sabe a poco.
Pero es una comedia, y tampoco da para hacer teología. La conclusión práctica es otra: si el alma no es tuya, no puedes venderla. Si el infierno no está definido, no puedes saber qué compras. Y si el diablo no compra almas, sino que las alquila por menudeo, el contrato que crees haber firmado puede llevar años ejecutándose sin que lo sepas. ¿Alguien ha leído la cláusula de rescisión?