Pepe Viyuela ve fascistas y la reacción no es política: es económica
Cuidado con pedirle a un actor que explique el mundo: a veces sale un mitin, y otras veces el mitin sirve para medir el estado de la opinión. La frase de Pepe Viyuela —no se puede dejar el mundo en manos de los fascistas— ha despertado todo menos indiferencia. El abanico de respuestas va de la burla a la reflexión económica, y en el camino se cuela una pregunta incómoda: ¿de qué hablamos cuando hablamos de fascismo en 2026?
El actor y la involución
Viyuela, que ahora es abuelo, explicó el viernes en El Faro de la Cadena SER que el futuro que le espera a su nieta no es esperanzador. Lamentó una “involución” en derechos humanos y libertades, y confió en que el mundo se resuelva en ciclos, pero “esto está pasando ahora”. Es un discurso clásico de la izquierda humanista, con un componente generacional que difícilmente admite réplica: ¿quién le discute a un abuelo que piensa en su nieta? Pues medio país, al parecer.
¿Fascistas o nacionalsindicalistas?
La primera línea de respuesta fue histórica. En España no hubo un partido fascista en sentido estricto; lo que hubo fue nacionalsindicalismo, y el término “fascista” se usa hoy como categoría de combate para todo lo que quede un milímetro a la derecha del PSOE. La pregunta recurrente que quedó flotando: si España tuvo ocho años de gobierno “de extrema derecha” con Aznar, ¿dónde estaba la catástrofe? Nadie lo explicó con datos, pero tampoco hizo falta: el cruce nunca fue historiográfico.
Capitalismo, pobreza y deuda: el otro frente
El giro económico llegó pronto y desplazó el foco. Se cuestionó que el capitalismo haya sacado al 90% de la humanidad de la pobreza; la réplica señaló que ese capitalismo no funciona sin Estado, y que el Estado ha sostenido el sistema con deuda. Déjese aquí un par de datos que sobrevolaron la discusión: deuda pública de 2 billones de euros y la necesidad de dos sueldos para mantener una familia. El diagnóstico va a más: el buen comportamiento del capitalismo hasta los años setenta se debió a que el dinero tenía valor intrínseco; desde la era del dinero fiat, el supuesto progreso se explica por la impresión de dólares y la posición de Estados Unidos como emisor de la moneda de reserva. Sin la capacidad de comprar recursos ajenos imprimiendo billetes, el castillo de naipes se tambalea.
Ceuta, Melilla y el ruido de sables
En ese clima apareció la crisis de Melilla y el miedo a una guerra con Marruecos. Para una parte de los intervinientes, el uso de “fascistas” es un insulto contra quienes piden orden en la frontera; para la otra, es la única manera de nombrar una deriva autoritaria que incluye el rearme europeo impulsado por la OTAN y una desconfianza creciente hacia Estados Unidos. Hasta hubo quien reconoció haber votado a Trump en su día y ahora le define como el peor presidente que recuerda. La coherencia no es el fuerte de este cruce.
Lo que queda después del griterío
Al final, la frase de un actor ha servido para medir la temperatura de una sociedad polarizada que ya no discute ideas, sino etiquetas. La cuestión de fondo —si las ideologías colectivistas son equivalentes, si el capitalismo sin Estado es un oxímoron, si la deuda nos convierte en rehenes del futuro— queda ahí, esperando a quien lo quiera coger con datos. Mientras tanto, la próxima vez que un famoso diga “fascistas”, lo más probable es que otra vez se hable de dinero. Y no será exactamente para mal.