Ganó Feijóo las elecciones, pero gobierna Sánchez
¿Puede Pedro Sánchez volver a ganar unas elecciones generales después de todo lo que se le ha acumulado en contra? La apuesta se lanzó en plena Navidad y sonaba casi a provocación. El tiempo la resolvió por la vía incómoda: puede que las urnas entregaran la victoria al PP de Alberto Núñez Feijóo y que, aun así, fuera el PSOE quien acabara gobernando.
Feijóo ganó.
Sánchez gobierna. Y casi nadie quedó satisfecho con el resultado.
Quién iba a ganar las elecciones generales
Antes de los comicios, la tesis de partida —Sánchez revalida— se recibió con burla y con sorna. La mayoría daba por seguro el castigo en las urnas, aunque no coincidieran en la magnitud: unos veían desplome, otros simple desgaste. La cifra que ordenaba el cálculo no era el voto, sino la abstención. Si la derecha se quedaba en casa, el bloque regionalista pesaba más, y con él la aritmética de los pactos.
Ese era el punto ciego del pronóstico. El enfado se daba por descontado, muy por encima de lo que medían las encuestas. Pero trasladar ese enfado a escaños es otra cosa. Y en contra jugaba un dato que dio varias vueltas: al PP le habría bastado un candidato sin rechazo para sacar mayoría clara. Con el que eligió, no. La nostalgia de la etapa anterior resume el nivel de desencanto.
Feijóo ganó las elecciones y Sánchez gobierna: el resultado
Con los datos sobre la mesa, la primera mitad se cumplió: la victoria electoral fue para el PP. La segunda, la que importaba de verdad, también: quien forma Gobierno es Sánchez, con el concurso de socios de investidura. El acuerdo no salió barato ni rápido, y la negociación de esos apoyos ha marcado toda la legislatura. Una parte lo había anticipado y otra se quedó colgada del titular.
Aquí entra el argumento que más fuerza ha ganado con el tiempo. PP y Vox serían, se sostiene, formaciones demasiado madrileñas para un país que se decide en el resto del mapa: sin llegada a Cataluña y Euskadi —en torno al
25% del electorado— la mayoría absoluta se vuelve, sencillamente, imposible. No es una opinión: es aritmética. El corolario es amargo para la derecha: cualquier combinación que ignore a esos votantes nace coja.
Quién paga la fiesta: Bruselas, la deuda y el recorte
La pregunta que ordena todo lo que vino después es económica, y la respuesta que se repite es incómoda. Mientras gobierna el PSOE, la Unión Europea —tolerante con el gasto, viene a decirse— mantiene abierto el grifo de la deuda y los ajustes se aplazan. Si entrara el PP, el cálculo que circula es el contrario: Bruselas cerraría la financiación con explicaciones de trámite y arrancarían los recortes y la calle.
De ahí el dilema cínico que domina el tramo final:
que siga la fiesta hasta la última consecuencia. La secuencia que se dibuja es —textual—
autogolpe, autoatentado, autogolpe: dejar el marrón a Sánchez y esperar sentado. El precio lateral tiene nombre y no es pequeño: la unidad del país como moneda de cambio, y un cheque cuyo importe se cifra en
300€, la cifra que más se repite.
El 60% que cobra del Estado
Ningún dato resume mejor la trampa del sistema que el del gasto público.
Cerca del 60% de la población adulta cobra algún tipo de paga del Estado, según el cálculo que circula. Con ese suelo, cualquier ajuste se convierte en un problema electoral de primer orden: millones de rentas dependen, directa o indirectamente, de que la caja no se cierre.
Sobre esa base se asienta la predicción más repetida: gane quien gane, el resultado se parecerá demasiado. Cambian los métodos, no el destino. Y la fecha que sobrevuela todo el análisis es
2027: un nuevo mandato de Sánchez hasta ese año completaría cerca de una década en el poder.
¿Se pueden considerar fraudulentas las elecciones?
Una parte lleva la desconfianza hasta el final y sostiene que no existen unas elecciones que merezcan ese nombre, porque nada de lo que se elige cambia lo que se decide. Conviene decirlo con claridad: no hay pruebas que respalden semejante afirmación. Pero explica por qué tantos han dejado de seguir la política. No es que voten a otro. Es que han dejado de creer en
el sistema.
La porra, en fin, quedó resuelta. Ganó uno y gobierna el otro. Y aquí seguimos, discutiendo si votamos o solo elegimos quién nos pasa los papeles.