Alhucemas: la invasión fantasma que se desinfló en una tabla de paddle
Un grupo de bañistas se acerca en una lancha neumática al islote español de Alhucemas, a la vista de la guarnición. Gritan, hacen gestos y regresan a la playa. En horas, ese episodio se convirtió en una alerta de invasión inminente por parte de Marruecos. El titular era perfecto para la actualidad; los hechos, bastante menos épicos.
La alarma se alimentó de lanchas “listas para tomar el peñón” y de embarcaciones de recreo que cada verano se acercan a la bahía para “trolear” a los soldados. Quien conoce la zona lo explica sin dramatismo: Alhucemas está en medio de la bahía y los bañistas llevan tiempo usando barcas de goma y tablas de paddle para acercarse a la guarnición. La provocación es un pasatiempo local; la invasión, una invención digital.
El refuerzo real del Ejército de Tierra
Lo que sí es cierto es que el Ejército de Tierra ha incrementado la vigilancia en los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas. El teniente general Julio Salom, jefe del Mando de Canarias, visitó recientemente los enclaves y supervisó las inspecciones, según informó El Faro de Melilla. La presencia militar en el norte de África se mantiene con “intensidad creciente”, una frase que se presta a lecturas alarmistas pero que encaja con el protocolo habitual de mantenimiento y rotación de unidades.
La defensa de Alhucemas recae en el RIL52 de Melilla, una unidad de regulares con larga presencia en la zona. Que una dotación militar reciba visitas de inspección no es una declaración de guerra; es rutina. Otra cosa es que la rutina coincida con un clima de tensión política, y entonces todo parece un aviso.
La OTAN y el ruido de fondo geopolítico
El episodio ha reabierto el debate sobre el coste de mantener soberanía en enclaves minúsculos y sobre la utilidad de la OTAN. Hay quien recuerda que Francia se salió temporalmente de la Alianza en los años sesenta cuando comprobó que EE UU apoyaba a los rebeldes argelinos, y que la administración Trump amenazó a Dinamarca por Groenlandia sin que el paraguas aliado sirviera de gran cosa. Si la Alianza no protege a sus socios fundadores, se argumenta, ¿qué protección cabe esperar para un islote en el Mediterráneo?
La respuesta práctica, por ahora, es que el islote sigue atendido por los regulares del RIL52 y que la visita del teniente general Julio Salom no tenía nada de movilización extraordinaria. El coste de mantener estos peñones es elevado, la utilidad militar dudosa y el valor simbólico desproporcionado. Justo lo que algunos analistas señalan como el verdadero motivo de que Marruecos, si alguna vez lo intentara, no necesitaría barcas: le bastaría con desgastar políticamente el símbolo.
El dato que descoloca
En medio de la alarma, un detalle pasó desapercibido: la mayoría de los “invasores” eran bañistas con chalecos y tablas de paddle, no una flota. La única ocupación real que ha sufrido el peñón en las últimas horas ha sido la de los comentarios exaltados y los bulos replicados sin verificación. Si el objetivo era medir el estado de los reflejos estratégicos españoles, el ejercicio ha quedado completado: el sistema se asustó de una sombra, y el miedo, como siempre, encontró altavoz.