"Franceses, francesas, mis queridos compatriotas...
Voz tranquila, bien timbrada, poderosa y enérgica a un tiempo. Resultaba claro que el Presidente no estaba improvisando, que tras largas y penosas meditaciones había sopesado sus palabras antes de escibirlas, descartando la intervención de tal o cual corrector.
(...)
De pronto, la voz se quebró. Durante treinta largos segundos la frase interrumpida fluctuó en las ondas, sólo se oyó a través de esa eternidad silenciosa la respiración jadeante del Presidente. Cuando éste reanudó el discurso, lo hizo con una voz mucho más débil y pausada, como si le costase gran trabajo hablar, trastornado, dubitativo, vencido por la emoción.
(...)
- ... Se trata de una misión atroz y, por tanto, pido con toda mi alma y conciencia a cada soldado, a cada policía, a cada oficial, que la analice concienzudamente. Una vez lo haya hecho, tendrá plena libertad para aceptarla o rechazarla. Cancelar es difícil. Y averiguar el porqué, lo es más todavía. Yo conozco ese porqué, pero no aprieto el gatillo ni tengo la carne de un infeliz a pocos metros de mi arma. Queridos compatriotas, sea cual fuere el desenlace, que Dios nos guarde... y nos perdone".
Jean Raspail - El campamento de los santos.