El País prescinde de Savater tras 47 años de firma
¿Cuánto tarda un medio en deshacerse de la firma que le incomoda? En el caso de
Fernando Savater, la respuesta ronda las cinco décadas. El diario
El País ha prescindido del filósofo vasco, que llevaba 47 años publicando en sus páginas, según el recuento que se maneja en la discusión. La noticia, difundida como urgente, ha reabierto la pregunta incómoda: ¿despide el periódico a un colaborador o ajusta su línea editorial hasta que el colaborador sobra?
Savater, que a sus años sigue acudiendo a manifestaciones y firmando columnas, se ha convertido en una pieza difícil de encajar en el relato del diario. Su delito, a ojos de quien decide, no es una falta grave: es no callarse. En los últimos tiempos ha criticado la amnistía, ha defendido que
Vox es «mil veces más aceptable que Bildu» y ha sostenido que «de la izquierda está saliendo toda la mugre y todos los atentados contra la democracia». Con ese currículum, la convivencia en la casa editorial se hace cuesta arriba.
Qué ha pasado con Fernando Savater y El País
El despido no es un rayo en cielo despejado. La relación venía enfriándose desde hace tiempo. Savater fue durante años el filósofo de cabecera del progresismo español, el hombre que salía a la calle en San Sebastián cuando salir a la calle tenía coste. En aquellos años, recuerdan algunos, era de los pocos que se plantaba en los bares de la parte vieja donostiarra sabiéndose intocable, en una época en la que meterse en según qué sitios era meterse en problemas.
El problema es que el filósofo no ha actualizado su discurso a la nueva liturgia. Sigue hablando de la Constitución, del Rey y de la Guardia Civil como pilares, y eso, en según qué redacciones, suena a provocación. «Nos queda el Rey y la Guardia Civil, no sé en qué otra cosa de este país puede uno confiar», llegó a decir. La frase, que en otro tiempo habría pasado como una salida ingeniosa, hoy se lee como una declaración de guerra.
La línea editorial de El País y el coste de criticar al Gobierno
La salida de Savater se interpreta en clave interna. Hay quien sostiene que el diario ha ido cerrando el cerco sobre cualquier voz que critique al Ejecutivo, y que el filósofo era la última pieza que quedaba de una generación que ya no encaja. Con él se va, dicen, el penúltimo de los históricos; el último sería Félix de Azúa.
La acusación de fondo es más incómoda: que
El País ha dejado de ser un periódico con línea propia para convertirse en el brazo editorial del Gobierno. La tesis no es nueva, pero el despido le da cuerpo. Si no puedes criticar a quien manda, el margen de maniobra se estrecha. Y Savater, por carácter y por biografía, no era hombre de morder la lengua.
Los números de PRISA: 850 millones de deuda y pérdidas anuales
El trasfondo económico del grupo editor aparece en la conversación con cifras concretas. Se menciona una
deuda de 850 millones y una pérdida de valoración del
99,93%. Una empresa con esos números llevaría años en liquidación. PRISA, sin embargo, sigue en pie, y ahí arranca otra discusión: la de si el grupo se sostiene por su cuenta o por la publicidad institucional y los socios que entran a inyectar capital.
El cálculo completo, con el desglose de ingresos y el peso de la publicidad pública, da una imagen que no deja indiferente a nadie. La paradoja que se señala es que un medio que se presenta como crítico con el poder depende, en buena medida, de los presupuestos de ese mismo poder.
El perfil de Savater: de azote de ETA a crítico de la izquierda
La biografía del filósofo no admite simplificaciones. Según un relato que circula en la discusión, fue protegido de la izquierda abertzale en los años de plomo, colaborador habitual de
Egin, y se le conocía en aquellos círculos como «el hijo del notario». Durante años se movió con impunidad por territorios donde otros no podían. Después llegó su época de lucha abierta, con el PNV de Ibarretxe como blanco preferido.
Esa trayectoria explica por qué su salida incomoda a unos y satisface a otros. Para una parte del público, Savater es un converso tardío que ha tardado 50 años en darse cuenta de que el socialismo no era una broma. Para otra, es el último intelectual que no se ha plegado al guion. Las dos lecturas conviven sin reconciliarse.
Qué significa esta salida para el periodismo español
Más allá del caso concreto, el despido abre una pregunta de fondo: qué margen queda en los grandes medios para las voces que no comulgan con el relato dominante. La respuesta que se impone en la conversación es pesimista. Los medios viven de la publicidad institucional, y quien paga manda. El que no lo entienda, que se dedique a otra cosa.
Savater, mientras tanto, seguirá escribiendo. Tiene edad, tiene nombre y tiene cabezonería. Lo que pierde no es el altavoz: es el sello de un medio que durante casi medio siglo le sirvió de escaparate. Ironías de la vida: el filósofo que defendía la Constitución se queda sin tribuna en el periódico que la defendía.