El crudo saudí cae a niveles de 1990 y el diésel marca récord
El diésel en Estados Unidos acaba de firmar un récord histórico y no es un desliz de calendario. A nueve husos horarios de allí, Arabia Saudí está colocando crudo a ritmos que no se veían desde 1990, justo cuando sus dos grandes avenidas de salida —el Estrecho de Ormuz y el Mar Rojo— han dejado de ser seguras. El cóctel es de manual: menos barriles, rutas más largas y un precio del petróleo sostenido por escasez, no por demanda. Con el barril merodeando los 107 dólares según los operadores, el asunto deja de ser un titular de suministro estratégico y se convierte en la factura que paga el transportista y cualquiera con un depósito de gasóleo.
El problema ya no es el crudo, es la exportación
La producción está tocada, pero donde el sistema se atasca de verdad es en el grifo de la exportación. Los hutíes de Yemen han golpeado el oleoducto Este-Oeste —el que cruza el desierto al sureste de Medina—, la única vía que le quedaba a Arabia Saudí para vender su petróleo esquivando el Estrecho de Ormuz. Sin ese tubo, el crudo saudí queda a merced de un cuello de botella marítimo cada vez más estrecho.
El Mar Rojo se ha convertido en zona de alto riesgo. La ofensiva hutí ha llegado a Bab al-Mandeb —han tomado una isla estratégica en medio del estrecho—, y a eso se suma el regreso de la piratería somalí, que reaprovecha que los buques se arrimen a su costa. El resultado sobre el mapa es contundente: en torno al 70% del tráfico de la zona se ha desviado al Cabo de Buena Esperanza. Más millas, más combustible, más días de navegación y un sobrecoste que acaba repercutiéndose en cada eslabón de la cadena.
La escasez como modelo de negocio
Con el petróleo, la receta para especular siempre ha sido la misma: apretar la escasez. La lógica se remonta a Rockefeller y sigue vigente un siglo después. No hace falta un pico de extracción confirmado para que el mercado se tense; basta con que el suministro parezca frágil. Hay quien lee el episodio como un cartel de manual —subir el precio para compensar los costes de extracción de las reservas que quedan— y quien va más allá y lo compara con el juego de DeBeers con los diamantes: fabricar sensación de escasez para sostener la cotización.
BRICS, el petrodólar y la guerra de fondo
El calendario añade otra capa. El golpe a la capacidad exportadora saudí ha coincidido, según una de las lecturas que corren, con una cumbre de los BRICS: la presión sobre Riad apuntaría a forzar que el crudo empiece a pagarse fuera del dólar. Es la vieja película del fin del petrodólar, anunciada desde hace una década y que de momento se cobra en los mercados de futuros, no en un patrón monetario nuevo.
En la trastienda juega Washington. Arabia Saudí no es solo un pozo: sus fondos soberanos controlan capital de multinacionales de medio mundo, lo que la convierte en una pieza demasiado grande para dejarla caer sin más. Y sobrevuela la tesis de que a la actual administración estadounidense le conviene un mapa energético donde el crudo de esquisto vuelva a mandar. Cada barril que Arabia no exporta es un barril que Texas está dispuesto a colocar.
Del barril al bocata de tortilla
Aquí la macro se traduce en la cesta de la compra y en el surtidor. Se preveía escasez de queroseno para el verano y la campaña se ha salvado por los pelos; si la situación se estira unos meses, hay análisis que sitúan el bache serio a finales de 2026 y principios de 2027. El síntoma doméstico ya asoma: el bocata de tortilla francesa de dos huevos que hace unos meses costaba 8 euros empieza a quedarse corto.
Y luego está la movilidad. El caso más repetido es el del trabajador que se come 140 kilómetros al día para ir al tajo y hace cuentas imposibles: aguantar el gasóleo o pasarse al eléctrico. El cálculo rara vez sale. La batería se lleva cerca del 40% del coste del coche, la plaza de garaje hay que pagarla y adecuarla para cargar, y el punto de carga suma. Solo cuadra si tienes casa con garaje propio; en un piso con aparcamiento en la calle, ni con subvención. El transporte público, mientras, sigue siendo radial —todo va al centro— y con horarios que no encajan con los turnos de madrugada.
Queda el número que nadie quiere poner en la pizarra. Si el recorte de producción bruta global se consolida en el 20% o el 30%, el escenario que se dibuja es de recesión abierta en Occidente. La discusión no es si llega, sino cuándo: la apuesta que se repite es que no reviente hasta el año siguiente. Para entonces, el crudo seguirá siendo la sangre del sistema y alguien habrá decidido a qué precio se la dejamos.