La denuncia de ACOM contra Rubén Gisbert esconde más de lo que muestra
La asociación ACOM ha presentado una denuncia contra el creador de contenido Rubén Gisbert por un vídeo que considera antisemita. El asunto, que ha estallado en las últimas horas, tiene todas las papeletas para convertirse en un nuevo episodio de batalla cultural. Pero lo importante no está tanto en el vídeo como en lo que la denuncia revela: un autor al borde de la irrelevancia, una organización acusada de servir a intereses partidistas y un público dividido entre quienes aplauden el desafío y quienes ven una provocación calculada.
Dos lecturas para el mismo vídeo
Hay quien sostiene que Gisbert ha dicho en el vídeo lo que muchos piensan y que la denuncia es el precio por romper el relato oficial. Otros, con menos simpatía, creen que ha lanzado el anzuelo para que muerdan: si ACOM le persigue por opinar, tiene asegurados meses de cobertura y una ronda de platós a precio de oro. Ambas lecturas no son incompatibles. Lo que nadie discute es que la polémica le ha devuelto una centralidad que ya había perdido.
La sombra de la política en la denuncia
El asunto se enreda con sospechas de un entramado de intereses. En los análisis que circulan, se apunta a que ACOM mantiene vínculos con formaciones políticas y grupos de presión de distinto signo. Es una acusación difícil de probar, pero explica la reacción de quienes desconfían de las denuncias de antisemitismo cuando llegan de una organización con agenda propia. El caso ha quedado además envuelto en una operación de descrédito más amplia, con ecos del intento de destruir la credibilidad de Pedro Baños.
La denuncia, a fecha de esta discusión, está sobre la mesa. Pero el verdadero resultado ya se está librando en la opinión pública. Gisbert puede perder en los tribunales o ganar en el debate: la paradoja es que, en ambos casos, sale reforzado. Y eso, para una organización que denuncia censura, no deja de ser una ironía que conviene no perder de vista.