El SDDR llega en noviembre: recargo de 10 céntimos por envase
El verano pasado, el Gobierno confirmó lo que ya se rumoreaba: España tendrá su sistema de depósito, devolución y retorno (SDDR). La fecha marcada es noviembre. A partir de ahí, cada botella de plástico, cada lata y cada brik llevarán un recargo –la cifra que circula en el sector ronda los 10 céntimos–, que solo se recupera si el envase regresa a la tienda, entero, escaneable y en una máquina que todavía no se ve por casi ningún supermercado.
No es ninguna novedad histórica. Los que peinan canas recuerdan al de la Pitusa, aquel repartidor que tocaba el claxon para recoger cascos de naranja y de cerveza, o al niño que juntaba botellas para canjearlas por pesetas. España ya tuvo un sistema de retorno casi perfecto, con tasas cercanas al 100%, hasta que lo desmontaron para que a las envasadoras les saliera gratis.
¿Quién cobra y quién paga?
El argumento ecológico es difícil de rebatir: España recicla un 49% de sus envases, lejos de los objetivos europeos. Pero el contrato no es solo entre el ciudadano y el medio ambiente. Entre medias aparece Ecoembes, el sistema que ya gestiona el contenedor amarillo y que lleva años cobrando por algo que ahora se solapará con el SDDR. El ciudadano paga un impuesto de cochambres (140 euros al año en muchos municipios, hasta 240 en otros) y además volverá a pagar por el envase. Y después, si quiere su dinero, tendrá que ponerse a la cola de una máquina.
Alemania, el espejo que no siempre devuelve el reflejo deseado
El espejo alemán tiene goteras. Se repite hasta la saciedad que allí funciona: metes la botella, te da un vale. Pero los datos que circulan sobre un 98% de retorno han sido desmentidos: ninguna agencia alemana recopila esas cifras. Los últimos datos comparables sitúan el reciclaje real de Alemania en un 56%, solo siete puntos por encima del español. Portugal, que acaba de implantar el sistema, todavía no ha demostrado nada.
Máquinas caras, espacios que no existen y un negocio nuevo
La ingeniería del SDDR es un chollo para el fabricante de las máquinas: armatostes de varios metros cuadrados, con escáner, mecánica, electrónica y software, que el supermercado tiene que pagar de su bolsillo. Traducción: subida de precios en todo lo demás, porque el lineal no es gratis. Y si en Alemania una botella mal escaneada necesita tres intentos para que la máquina la acepte, aquí la espera se convertirá en otra forma de pagar impuestos con tiempo.
Del casco de la litrona al contenedor de la discordia
Hubo un tiempo en el que el envase era caro y se cuidaba. El casco de la litrona se llevaba en bolsa, la gaseosa se devolvía y el crío recibía pesetas que acababan en chuches y montaplex. Ese sistema se abandonó porque a las envasadoras les salía más barato fabricar envases de un solo uso y pagar un canon a un monopolio amigo. Ahora vuelven con el discurso verde, pero el objetivo parece más recaudatorio que ecológico: el envase no se regala, se alquila.
Con las cifras actuales, recuperar los 10 céntimos de una botella exige invertir tiempo, espacio en casa y paciencia frente a una máquina que escupe el envase por un sello mal impreso. El cálculo económico, para quien mide su hora de trabajo, es absurdo. Pero la medida sigue adelante. Y nadie ha explicado aún por qué, si el objetivo es reciclar, no se empieza por hacer que el contenedor amarillo funcione.