El fantasma de Le Pen: una UE sin disuasión y Moscú sin freno
Francia es el único país de la Unión Europea con bomba nuclear propia, según el planteamiento del hilo. Un participante recuerda que el Reino Unido, fuera del club comunitario pero geográficamente en
Europa, mantiene un arsenal que cifra en un par de centenares de ojivas. Ese dato deja de ser técnico cuando el asunto se plantea como un pulso entre Macron y Le Pen por el Elíseo: si la ultraderecha gana en París, sostiene la tesis más repetida, la UE se parte y Moscú se queda sin nadie que le plante cara.
El punto de partida es tajante. «En Europa solo París tiene la bomba», afirma un participante. De ahí que cada mensaje sobre la campaña francesa acabe convertido en un mensaje sobre la seguridad de todo el continente y sobre el reparto de poder que saldrá de las urnas galas. La arrogancia francesa, avisa una voz, puede costar muy caro en el peor momento posible.
¿Por qué se vincula a Le Pen con el Kremlin?
La acusación más repetida es que la candidata ultraderechista fue creada, moldeada y financiada desde Moscú. Según ese relato, se le atribuye un respaldo ruso que se dejó notar incluso antes de la retirada política de su padre. Una síntesis resume la tesis: «financiada directamente por el Kremlin, prácticamente reconocido por ella y ha crecido en apoyos a medida que ha ido avanzando la campaña».
Se trata de una acusación lanzada al calor de la campaña, no de un hecho establecido en el material. Aun así, marca el tono de casi todo lo que viene después. La conclusión que se extrae es que una victoria de la ultraderecha convertiría a Europa en rehén de los intereses rusos. Rusia, se dice, haría lo que le saliera de las narices porque no tendría a nadie que le hiciera frente.
La UE: ¿proyecto a salvar o trinchera a dinamitar?
Aquí el asunto se parte en dos corrientes. Una sostiene que la unidad europea es la única barrera real ante Moscú y que romperla equivale a entregar el continente. Otra, más euroescéptica, ve en la UE un engendro dañino y celebra cualquier golpe que la debilite. «Ojalá llegue el fin de Europa», se llega a escribir, porque a juicio de esta corriente el proyecto comunitario no hace más que perjudicar a los suyos.
Aparece también la memoria de Vichy, el temor a las rendiciones rápidas cuando la cosa se pone fea. Y una advertencia sobre el calendario: cualquier fractura interna llega en el peor momento posible, según una voz.
El descontento que alimenta el voto, más allá de Moscú
No todo se reduce a una injerencia extranjera, según algunos mensajes. Hay quien menciona el malestar doméstico en torno a la política migratoria y las deportaciones. Un participante describe un cambio en París que le resulta irreconocible y sostiene que fue el único blanco en un vagón de metro; otro afirma que Le Pen no deportará ni a uno solo y que nunca tuvo intención real de hacerlo.
Ese cóctel explica, según esos mensajes, que una parte del electorado esté dispuesta a votar a la ultraderecha incluso sin simpatía por Putin. Hay quien resume que odia a Putin y, aun así, votaría a Le Pen sin dudarlo. La lógica del voto útil y del cabreo acumulado pesa más que la geopolítica, sostienen algunas voces.
El precedente que descoloca: Reino Unido y sus ojivas
Cuando alguien afirma que solo París tiene la bomba en Europa, la respuesta llega rápida: un participante recuerda que el Reino Unido, aunque haya salido de la UE, sigue siendo geográficamente Europa y cifra su arsenal en un par de centenares de ojivas nucleares. El matiz contradice la tesis inicial de que solo París tiene la bomba en Europa.
La conversación también se detiene en Macron y en un comentario que señala que ha condenado la violencia en defensa propia; no hay más desarrollo sobre el alcance de esa condena.
Si el arsenal nuclear francés y el conjunto del proyecto europeo dependen del mismo voto, la duda que sobrevuela no es quién gana en París, sino cuánto de la arquitectura continental sobrevive al resultado. ¿Puede permitirse Europa el lujo de mirar hacia otro lado?