Un ‘ogei’ de barro que desafía la historia lingüística de Hispania
Una vasija de cerámica del siglo II a.C., hallada en el oppidum ibérico de Ruscino (Perpiñán), lleva grabada la palabra ‘ogei’. En euskera, ‘hogei’ significa veinte. El ‘dolium’ marcaba su capacidad: 20 ánforas. La coincidencia no es menor: los numerales íberos –ban, bi, igur, laur– son sospechosamente idénticos a los vascos. Y este fragmento, escrito en alfabeto ibérico nororiental, sugiere que el sistema de numeración era común. Pero la pregunta incómoda es: ¿por qué la academia sigue insistiendo en que vasco e íbero son lenguas sin parentesco?
El hallazgo que enciende el debate vascoiberista
La pieza, un ‘dolium’ con inscripción ibérica encontrado en Ruscino, no es la primera evidencia. En las inscripciones ibéricas de Aragón, Cataluña y Levante, el número 20 aparece como ‘oŕgei’. La variante ‘ogei’ del Rosellón acerca el íbero norpirenaico al aquitano y al vasco. Pero la comunidad científica sigue dividida: unos defienden que son lenguas hermanas; otros, que se trata de préstamos o coincidencias fortuitas. El epigrafista Javier Velaza, que ha estudiado la Mano de Irulegi y este nuevo hallazgo, sostiene que “hay más argumentos a favor de la relación genética entre el ibérico y la familia del vasco”, aunque no son definitivos.
De Granada a Guadalajara: toponimia que habla en euskera
La polémica no se limita a inscripciones. La toponimia peninsular está sembrada de nombres de posible raíz vasca: ‘Iliberri’ (Granada) recuerda a ‘iri berri’ (ciudad nueva); ‘Arriaca’ (Guadalajara) a ‘arriaga’ (pedregal); ‘Iliturci’ (Andújar) a ‘iri iturri’ (fuente de la ciudad). Quienes defienden el parentesco argumentan que el íbero se hablaba en toda Hispania y que el euskera sería su último vestigio, refractario a la romanización plena. Los críticos replican que los topónimos pueden heredarse sin que la lengua viva, y que el área aquitana –con sus nombres en ‘-ennex’– era lingüísticamente distinta del área ibérica.
Genética vs. lingüística: el esqueleto de una lengua paleolítica
El debate cruza la arqueogenética. Genéticamente, los íberos –y los vascos actuales– son mayoritariamente descendientes de indoeuropeos y agricultores neolíticos. Pero su lengua no es indoeuropea. Esto sugiere que poblaciones invasoras adoptaron el idioma local, no al revés. Si el vasco es la única superviviente de una familia prerromana, ¿cuándo se originó? Algunos apuntan a un sustrato paleolítico; otros, a una lengua neolítica. Lo cierto es que el hallazgo de Perpiñán, sumado a la Mano de Irulegi –que contiene el numeral ‘abar’–, ha vuelto a poner sobre la mesa la teoría vascoiberista.
Política y ciencia: un vínculo incómodo
No todo son datos. Detrás de la resistencia a aceptar el parentesco hay, según los partidarios, un sesgo político: “mantener que el íbero y el vasco son lenguas distintas solo interesa a quienes tienen una agenda”, se argumenta. La instrumentalización nacionalista –tanto vasca como española– ha contaminado el debate académico durante décadas. Mientras, los investigadores piden cautela: “Hacen falta más ejemplos para dotar de generalidad a un hallazgo particular”, recuerdan los más escépticos.
¿Tiene la respuesta un ‘dolium’ de 2.200 años? Por ahora, la vasija de Perpiñán es una pieza más en un puzle sin resolver. Pero si el íbero y el euskera fueran la misma lengua, habría que reescribir no solo la historia de la península, sino también el relato sobre quiénes fuimos antes de ser romanos.