El sufragio femenino vuelve a ser atacado con argumentos de hace un siglo
¿Puede una reseña resucitar un debate que la historia ya zanjó? A juzgar por el revuelo reciente de la política digital, parece que sí. El voto de las mujeres, aquella conquista que costó décadas de presión social, ha vuelto al punto de mira con un discurso que mezcla biología, hormonas y desconfianza hacia la democracia.
La historia ya pasó por esto
No es la primera vez que el sufragio femenino genera pánico. En 1931, cuando las Cortes de la Segunda República discutían el derecho al voto de las mujeres, una corriente de la izquierda española se opuso con un argumento que hoy reaparece casi calcado: las votarían condicionadas por el confesionario. El recuerdo no es ocioso; los argumentos que hoy se repiten bajo ropaje pseudocientífico hunden sus raíces en aquel debate.
Entre el estrógeno y la 'democracia gestionada'
Lo realmente nuevo no es el contenido, sino la envoltura. Se habla de biología femenina, de exceso de estrógeno y de afeminamiento de la política, como si entre fisiología e ideología no hubiera mediado un siglo de ciencia electoral. No falta quien despacha la crítica con un apunte que lo resume: el autor, textualmente, 'ha leído a Sigmund Freud'. Pues algo de eso hay.
Al mismo tiempo, junto al menosprecio al voto femenino asoma el ideal de una 'democracia gestionada', e incluso la idea de que la democracia solo divide. Cuando se desconfía de la razón de la mitad del censo, el paso siguiente es desconfiar de todo el censo. Total, qué son miles de votos cuando unos pocos saben gestionar mejor.
Es el mismo camino de siempre: primero se duda de la mujer, luego del electorado en bloque. Y al final, lo que se propone no es más representación, sino menos. Ahí lo dejo.