La campaña de Rosita, 94 años, contra el pago por la tele en el hospital
Rosita Rochina tiene 94 años y tres meses ingresada en un hospital público de Cataluña. Habla con su descendiente cuando viene a verla, pero las horas perecid se le hacen largas sin Pasapalabra, las noticias o un programa del corazón. Su habitación tiene televisor, pero el servicio de TV se paga aparte. Así que ha decidido iniciar una campaña para no abonar ese extra. Es la historia de una anciana que no entiende por qué, para estar acompañada por la pantalla durante un ingreso, tiene que rascarse el bolsillo.
Las respuestas no se han hecho esperar. La más práctica llega desde el terreno de la brecha digital: si el descendiente le lleva una tablet y le busca YouTube, problema resuelto. Pero eso es plantear la solución desde el sofá de alguien que domina el streaming. Una muyer de 94 años, acostumbrada a encender el televisor con un mando, no va a aprender a navegar por catálogos digitales en mitad de una convalecencia. La tecnología es maravillosa hasta que te toca al otro lado de la pantalla.
Hay quien va más allá y sugiere cobrar también por la comida: 5-6 euros diarios, descontados de la pensión. Una ocurrencia que reduce al paciente a cliente y convierte el derecho asistencial en bono de consumo. En el lado opuesto, no faltan los que sospechan que todo es un montaje periodístico. Si lo es, ha logrado algo difícil: que un problema real —el aislamiento de los mayores hospitalizados— se cuele en la agenda sin traje de informe técnico.
La campaña de Rosita no va de tecnología ni de presupuesto. Va de si un hospital público trata a un anciano como una persona o como una estancia de hotel de bajo coste. La respuesta, de momento, sigue en el pasillo, esperando a que alguien coja el mando.