Una mujer de 91 años, cuatro años con sentencias de desalojo suspendidas y 1.309 euros mensuales de IMV a los ocupantes
Una mujer de 91 años ha visto cómo se suspendían durante cuatro años las distintas sentencias que ordenaban desalojar su vivienda, ocupada por unos inquilinos que percibían el Ingreso Mínimo Vital, según la documentación del caso publicada por
THE OBJECTIVE. Los ocupantes cobraban
1.309,25 euros mensuales en concepto de IMV, una cantidad acreditada por certificado oficial de la Seguridad Social y superior a la pensión de la propietaria, según esa misma documentación. Las sentencias que ordenaban el desalojo se fueron suspendiendo una tras otra apelando a una supuesta vulnerabilidad. Cuatro años. Con 91. Y con la propietaria manteniendo a los ocupantes, según el relato del caso.
El IMV que cobraban los ocupantes superaba la pensión de la dueña
El dato que descoloca el relato habitual no es la ocupación en sí, sino la asimetría económica. La propietaria, con 91 años y problemas de salud, mantenía de facto a quienes le habían tomado la casa, según la documentación del caso. Ellos ingresaban
1.309,25 euros al mes por el IMV; ella, una pensión inferior. La vulnerabilidad que alegaban ante el juez para paralizar los lanzamientos se sostenía sobre una nómina pública que ya quisieran muchos jubilados.
Hay quien sostiene que el sistema de protección social está capturado por quien aprende a rentabilizarlo. El caso, con todo, no es una generalización: es un expediente concreto con una anciana concreta y unos ocupantes concretos. Pero la coincidencia —vulnerabilidad declarada, ingresos públicos acreditados, sentencias suspendidas— es el tipo de cosa que erosiona la confianza en el Estado de derecho más que cualquier discurso.
Cuatro años de sentencias suspendidas por vulnerabilidad
La cronología es la clave. No hubo una única resolución favorable a los ocupantes, sino varias sentencias de desalojo que se fueron paralizando sucesivamente. El argumento: la presunta vulnerabilidad de la familia ocupante. El resultado: cuatro años de ocupación legalmente tolerada mientras la propietaria seguía siendo la titular del inmueble.
El mecanismo tiene defensores: impide desahucios de familias con menores y sin recursos. Y tiene un coste: cuando la vulnerabilidad se acredita con una prestación pública y la propiedad pertenece a una nonagenaria, la protección se convierte en un privilegio invertido. La pregunta que queda en el aire es cuántos casos como este no llegan a los tribunales porque el propietario no tiene 91 años ni paciencia para cuatro años de procedimiento.
Qué pasa cuando el ocupante cobra más que el dueño
El debate de fondo es sobre incentivos. Si ocupar una vivienda permite cobrar el IMV mientras se suspende el desalojo, el sistema está premiando la ocupación con dinero público. No es una tesis conspirativa: es aritmética.
1.309,25 euros de prestación frente a una pensión de jubilación que, en el caso de la propietaria, era inferior. La consecuencia es que la parte más débil del contrato —la anciana— asume todo el riesgo y la parte más fuerte —los ocupantes— recibe la protección.
El caso también expone un problema de diseño del IMV: la prestación no está condicionada a no cometer delitos, como reclama una parte del análisis. Cobrar el IMV y ocupar una vivienda ajena no son incompatibles hoy. Esa es la grieta que el expediente deja a la vista.
El cierre que no llega
La mujer ha visto cómo se suspendían las sentencias de desalojo durante cuatro años. Con 91. Y con la sensación, difícil de medir, de que el sistema que debía protegerla la trató como un obstáculo administrativo. La pregunta que no tiene respuesta en el expediente es cuántas veces más tiene que repetirse este guion antes de que alguien decida cambiarlo.