La lógica conspirativa también engulle a quien la ridiculiza
El 18 de agosto, una pista sobre un tema de Steve Reich se convirtió en el detonante de una conversación donde Batman, Dolly Parton y American Samoa aparecían sin conexión aparente. La escena es un ejemplo casi de laboratorio: el lenguaje de la conspiración no solo prolifera en Twitter; consigue que quien entra a desmontarlo acabe usando sus mismas reglas.
La frase que lo resume apareció en el propio intercambio: “una cuenta conspiranoica de Twitter tiene mi nivel cognitivo”. Es una admisión involuntaria. Tras seguir los saltos de una teoría a otra —la muerte de un personaje público, una pista musical, un territorio del Pacífico—, el crítico termina razonando con los mismos mimbres que el conspiranoico. La equidistancia no es retórica: es el resultado de pasar horas dentro de un sistema donde cualquier dato sirve para confirmar cualquier cosa.
Parte de la discusión se desarrolló en inglés y quedó sin traducir, otro síntoma de cómo estos ecosistemas funcionan en burbujas lingüísticas y cognitivas.
El ruido como método
Steve Reich, Dolly Parton, American Samoa. Ninguna de las referencias se explica: operan como fuegos artificiales verbales. Esa es precisamente la estrategia. En la narrativa conspirativa, la desconexión no es un fallo sino un blindaje: ante la falta de lógica, el interlocutor se ve obligado a reconstruir un vínculo que no existe, y en ese esfuerzo ya ha aceptado el terreno de juego.
El intercambio se cierra sin desenlace. Nadie demuestra nada, pero todos salen convencidos de que el otro carece de nivel cognitivo. Esa es la única certeza que deja la conversación. Y quizá la advertencia más seria: la conspiración no necesita ganarte, solo necesita que le dediques tu tiempo.