Un forero describe a una conocida que, tras 13 años de pareja, multiplica sus citas
Una ruptura tras trece años de convivencia y, en pocos meses, una agenda que, según el cálculo del forero que escribe el relato, roza las cinco o diez relaciones sexuales al mes. El caso lo describe un conocido de la protagonista, que la presenta como una mujer atractiva, inteligente, aficionada a la ciencia ficción y con una vida social que se ha convertido en un segundo empleo: hasta
seis horas diarias contestando mensajes y decenas de conversaciones abiertas sin responder. La pregunta que sobrevuela el relato no es si ella lo pasa bien, sino si eso es envidiable.
El material no habla de una desconocida. Habla de alguien a quien el autor del relato omite el nombre, con un perfil profesional y una presencia pública que él mismo califica de
algo famosa. Eso convierte el caso, según el propio autor, en algo más que un chisme: en una ventana a cómo se organiza, según él, el mercado afectivo de una mujer joven, atractiva y con capital social alto.
Cuántas citas caben en un mes
El cálculo que hace quien escribe el relato es llamativo. Si en un mes conoce a veinte hombres nuevos y arrastra otros diez de meses anteriores, y de esa treintena uno o dos por semana acaban en algo, la media se sitúa, según él, entre
cinco y diez relaciones al mes. Algunas semanas una sola, otras tres. No es un ritmo constante: es un goteo con picos.
Ese volumen tiene una contrapartida que el relato no esconde: los rechazos. La mayoría de los candidatos no pasan el filtro, y cada semana hay varios que se quedan fuera. El autor lo llama
feos que hieren el corazón. La fiesta tiene, según él, factura emocional.
Qué significa tener diez hombres orbitando
La escena que describe el relato es la de una mujer que trabaja cerca de una zona de ocio y que, casi cada noche, se toma una cerveza en el mismo circuito. Ahí se junta con
una decena de hombres que la rondan de forma más o menos estable, a los que se suman los nuevos que conoce por ser sociable. No todos son candidatos: muchos son amigos, conocidos o simples comparsas de la barra.
El autor del relato insiste en un punto que suele perderse: ella no es una persona que se acueste con cualquiera. Dice que necesita una conexión emocional fuerte y que sin eso no hay nada. La contradicción entre esa exigencia y el volumen de citas es, precisamente, el nudo del asunto.
El problema no es ella, es el que se enamore
Aquí el relato se vuelve más incómodo. El autor imagina lo que sería intentar algo serio con ella y lo describe como
el mismísimo Averno. Su razonamiento: por muy gracioso, alto, rico o hábil que sea un candidato, siempre habrá otro más gracioso, más alto, con más dinero o con más aguante. Y mientras tanto, la rueda sigue girando.
Ese es el punto que más recorrido tiene en la conversación posterior. No se discute si ella es libre de hacer lo que quiera, sino si un hombre que quiera algo estable con una mujer así puede competir con un flujo permanente de novedades. La respuesta que da el propio autor es que no.
La factura que nadie firma
El relato no cierra con un final feliz ni con un desastre. Cierra con una duda: si esa vida es envidiable o es una trampa. El autor reconoce que ella lo pasa bien, pero también que acumula rechazos y que su vida afectiva no termina de cuajar en nada estable. La pregunta que lanza al aire es si eso es la mujer moderna o es, simplemente, una mujer moderna concreta.
La respuesta que da el material es ambigua y por eso mismo interesante. No hay condena explícita, pero tampoco hay celebración. Hay una descripción minuciosa de un ritmo de vida que, visto desde fuera, parece agotador.