Un tuit sobre sombrillas desata el debate del primer mundo
Una sola línea. Un tuit de una cuenta que se hace llamar Patrón Criollo bastó para que cientos de españoles se lanzaran a responder con una mezcla de datos, sarcasmo y cuentas pendientes. El detonante: una imagen de unas sombrillas gigantes en Arabia Saudí —estructuras colosales que se despliegan sobre una plaza— acompañada de la frase «Esto es primer mundo, no Europa». A partir de ahí, el asunto derivó en un ajuste de cuentas sobre qué significa exactamente eso de ser primer mundo, quién lo es y quién se lo cree.
El segundo tuit del mismo autor, reproducido en el arranque del asunto, añadía leña: una lista de supuestos defectos ajenos —esclavitud, falta de libertad femenina, castigo de la homosexualidad, ausencia de democracia— para concluir que quizá esa sea «la fórmula del éxito» y que, por pasarse de progresistas, «vamos a terminar todos en una favela gigante». Con ese material, el personal tenía dos frentes: la provocación y la sombrilla.
Qué son las sombrillas y quién las fabricó
El objeto del delito es una estructura de sombra de gran formato instalada en Arabia Saudí. Según los datos que se manejan en la conversación, el diseño corre a cargo de un estudio alemán y la ingeniería de estructuras móviles de una firma suiza. Es decir, el artefacto que debía demostrar la superioridad del Golfo se concibió en Europa. Ese detalle, repetido hasta la saciedad, se convirtió en el argumento más demoledor contra la tesis inicial.
Hay quien recuerda que en Sevilla existen sombrillas monumentales desde hace casi dos décadas, con más visitas que las del desierto, y que nadie presume de ellas como prueba de nada. La comparación sirve para algo más que para el chascarrillo: si el criterio de primer mundo es tener una sombrilla grande, media España entra en la categoría.
El coste también aparece en la conversación. Hay quien menciona una cifra de mantenimiento anual de siete millones de euros para el conjunto saudí, frente a la alternativa obvia: los árboles, que dan sombra, no requieren ese desembolso y llevan funcionando millones de años sin ingeniería suiza.
El PIB no cuadra con el relato
El contraataque económico es el más sólido de todo el intercambio. Hay quien argumenta que España tiene un PIB per cápita superior al de Arabia Saudí y al de Kuwait, lo que desmonta la idea de que el dinero del petróleo se traduce automáticamente en nivel de vida. La diferencia no es enorme, pero existe, y el dato incomoda a quienes venden el Golfo como paraíso.
Sobre el terreno, la estructura económica de esos países se describe como una pirámide de tres capas: los nacionales, que no trabajan porque el Estado reparte la renta petrolera; los técnicos occidentales, que sostienen la maquinaria con buenos sueldos pero sin derechos plenos; y la mano de obra importada del sur de Asia, con condiciones que se comparan con las de la esclavitud. El occidental, por mucho que cobre, sigue siendo ciudadano de segunda frente al oriundo.
La pregunta que sobrevuela es qué pasa cuando el petróleo deje de pagar la fiesta. La diversificación es la asignatura pendiente: se habla de servicios financieros, turismo, renovables e hidrógeno verde, pero los productos tecnológicos que se ven por allí llevan made in China, no made in la península arábiga. Y los macroproyectos faraónicos —ciudades lineales, aeropuertos gigantes, resorts en el desierto— acumulan retrasos y dudas sobre su viabilidad.
El clima como criterio de civilización
Una de las derivadas más curiosas del intercambio es la meteorológica. Hay quien sostiene que en el primer mundo no se pasa calor extremo, que se duerme con el mismo edredón en invierno y en verano, y que quien vive en un desierto lo hace porque le tocó, no porque lo eligiera. La sombrilla, desde esa óptica, no es un símbolo de progreso sino un parche contra un clima que la tecnología occidental hace innecesario en sus latitudes.
La ironía se vuelve contra el autor del tuit cuando se recuerda que en El Cairo hay estructuras similares desde hace años y nadie ha concluido por ello que Egipto sea una potencia. El argumento geográfico, en fin, sirve para todo y para nada.
El ajuste de cuentas hispano-argentino
Debajo del asunto de las sombrillas late otra discusión más vieja: la relación entre España y Argentina, con las islas Malvinas como telón de fondo y una retahíla de reproches cruzados. Hay quien atribuye el tono del autor a un resentimiento personal contra España, y hay quien responde con desprecio hacia el acento, las costumbres y hasta la procedencia del interpelante. Ese tramo del intercambio es el más ruidoso y el menos productivo.
La cita de Facundo Cabral que se reproduce —«un argentino es un italiano que habla español, que quiere ganar como norteamericano para vivir como un inglés, piensa como un socialista, vive como un burgués y vota como un boludo»— resume el tono de esa refriega. Poco que ver con la economía, mucho con el orgullo.
La pregunta que queda abierta
El asunto empezó siendo una sombrilla y terminó siendo un examen sobre qué mide el desarrollo: si el PIB per cápita, la capacidad de inventar, la libertad de la mitad de la población o la posibilidad de dormir sin aire acondicionado. Nadie ganó el intercambio, entre otras cosas porque nadie se puso de acuerdo en las reglas. ¿Y si el primer mundo fuera, simplemente, no necesitar demostrar que lo eres?