Dos años de prisión por perrear sin consentimiento: ¿el nuevo orden moral?
Un joven de 23 años se enfrenta a dos años de cárcel por bailar "perreando" con una chica en una discoteca de Mislata sin su consentimiento explícito. La Fiscalía sostiene que no hacen falta tocamientos en zonas íntimas para que sea agresión sexual. El caso, ocurrido el 19 de abril del año pasado a las 5:38 de la madrugada, ha reabierto el debate sobre los límites del consentimiento y la deriva punitiva.
El baile como delito
La acusación pide dos años de prisión, tres de libertad vigilada, prohibición de acercarse a menos de 500 metros de la denunciante y una indemnización de 1.000 euros. La denunciante, de nacionalidad venezolana, tardó cuatro días en presentar la denuncia. El fiscal considera que el "perreo" sin consentimiento encaja en el tipo penal de agresión sexual, aunque no haya contacto con zonas íntimas. Una interpretación que deja en manos de la subjetividad lo que antes se resolvía con un bofetón o una advertencia.
Reacciones entre la indignación y la sátira
El caso ha sido recibido con escepticismo: abundan los comentarios irónicos sobre la necesidad de un "consentimiento informado por escrito" antes de bailar, y la comparación con la Inglaterra puritana del siglo XVII, que no castigaba con tanta dureza. Otros apuntan a un posible interés en obtener papeles o una compensación económica. La sombra de la oportunidad procesal planea sobre el relato oficial.
¿Dónde termina el flirteo y empieza el delito?
La pregunta que nadie responde es cómo se prueba la falta de consentimiento en un gesto tan ambiguo como el baile. El sistema judicial avanza hacia un puritanismo donde cualquier roce no pactado puede ser criminalizado. Mientras tanto, el joven espera juicio con la amenaza real de la cárcel. Y el debate sigue abierto.
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