La amenaza contra Sarah Santaolalla: ¿bulo, montaje o alerta real?
Quien anuncia en un correo electrónico que un «comando satanista, neonazi e incel» va a matar «muy pronto» a una comunicadora tiene un problema de credibilidad. Pero el problema no es solo de estilo: la estructura del mensaje, los precedentes y hasta la jerga terrorista invitan al escepticismo. La denuncia de Más Madrid ha convertido ese texto en un caso de estudio sobre cómo se fabrican (o se detectan) las falsas alarmas.
La denuncia de Más Madrid y las primeras dudas
El 19 de marzo de 2026, la formación política informó de que había recibido correos de un individuo que decía pertenecer a una organización terrorista y planeaba atentar contra la analista y comunicadora Sarah Santaolalla. El Plural recogió la noticia. Las primeras reacciones no tardaron en señalar que el texto tenía todas las marcas de una pieza diseñada para provocar alarma, no para guiar una operación.
Para empezar, un terrorista no se autodenomina terrorista: los colectivos armados usan eufemismos como «lucha armada» o «ejecutar». Tampoco suelen anunciar su ideología con etiquetas de catálogo —satanista, neonazi, incel— en un comunicado operativo. El correo, por el contrario, parece escrito por quien quiere parecer un malo de película. Un análisis lingüístico del mensaje lo resumía así: estructura expositiva, casi periodística, propia de un texto declarativo modelo, no de una amenaza real.
El grupo 764 existe, pero no es un ejército
Otra cosa es que la red 764 sea una invención. Quienes han investigado el fenómeno recuerdan que el grupo existe, que opera sobre todo en internet y que ha protagonizado episodios violentos documentados. En 2021, un miembro de la órbita de CVLT, grupo vinculado a la Orden de los Nueve Ángulos, fue condenado a 350 años de prisión en Texas por secuestrar y agredir a una menor. Ese mismo año, un estadounidense se inmoló en Kirguistán ante una audiencia de Discord.
En España, la prensa se hizo eco de la detención del presunto cabecilla de la red 764: un menor de edad. Ahora bien, que la organización sea real no convierte cualquier correo en un comunicado suyo. Hay quien sostiene que su relevancia está inflada hasta niveles cómicos para que funcione como «enemigo útil»: visualmente repelente, ideológicamente indefendible y numéricamente insignificante. El peligro real sería marginal comparado con el de una banda callejera, pero su valor propagandístico es enorme.
El coste de la falsa alarma: coherencia que se desgasta
El escepticismo no nace solo de este correo. Viene de una serie de episodios previos que terminaron en nada: los cartuchos que supuestamente recibió el Marqués de Galapagar, el llamado «bulo del culo» y otros avisos con perfiles ideológicos muy marcados que no se materializaron. Cada falso positivo encarece el siguiente aviso real. Y la paradoja es que la proliferación de alertas sin sustento beneficia a quien quiere desacreditar a Santaolalla: las denuncias futuras llegarán ya con la etiqueta de «victimización» puesta.
Incluso hay quien ha señalado que la trama parece sacada de un capítulo de La que se avecina, la serie que profetiza lo grotesco de la vida española. No es un análisis, pero describe bien la sensación general.
Lo que queda: verificación pendiente
El asunto sigue abierto. A la fecha en que se cierra este análisis no se había acreditado la existencia de un comando real, pero tampoco se había descartado que la red 764 intente aprovechar el altavoz mediático. Los análisis lingüísticos, las comparaciones con otras falsas alarmas y los precedentes documentados dibujan un escenario de ruido, con más interrogantes que certezas.
Lo único que parece claro es que la credibilidad de una amenaza se mide también por la liturgia con la que se anuncia. Y este anuncio, con su mezcla de satanismo, neonazismo e incels, parece diseñado para provocar una reacción inmediata. La pregunta es si alguien que de verdad quisiera matar a Santaolalla elegiría escribir exactamente así. La respuesta, por ahora, incomoda a todos.