El piso de Ríos Rosas: ¿burbuja o el nuevo normal?
Un amigo se ha enterado de que su piso, comprado en 2017 por 300.000 euros, vale ahora 850.000. La historia, que circula estos días, sirve de termómetro de un mercado que no da tregua. La revalorización del 183% en nueve años es brutal, pero los matices importan.
Los números detrás del bowling
El propietario hipotecó 200.000 euros al 1,85% y metió 25.000 en reformas. Hoy, con los depósitos al 3%, su deuda parece regalada. Pero si vendiera, Hacienda le espera: entre IRPF, plusvalía municipal y gastos jurídicos, unos 56.000 euros se irían en impuestos, según cálculos basados en casos similares. Descontando inflación —que ha comido un 40% del poder adquisitivo desde 2014— la rentabilidad neta anual se queda en un 4,8%. Menos que el Ibex 35, que ha dado dos años consecutivos por encima del 15%, o que el bono americano a 10 años, sin riesgo.
¿Burbuja o escasez estructural?
Aquí se parte la sociedad en dos. Los partidarios de la burbuja recuerdan 2008: misma retórica, mismo «esta vez es diferente». Señalan que la demanda se alimenta de ansiedad por no quedar fuera, y que cuando el sentimiento cambie, el desplome será similar. Pero los datos de oferta cantan otro himno. En 2006 España remataba 650.000 viviendas al año; en 2025 apenas 87.000. La población adulta aumenta en un millón cada año. La ecuación es de libro: cuando la demanda supera sistemáticamente a la oferta, los precios suben. No es una burbuja, es un desajuste crónico que ningún gobierno ha querido corregir.
El enemigo en casa: impuestos y extranjeros
Hay quien argumenta que el Estado es el único ganador: cada compraventa engorda las arcas con un 6% de ITP. Y quien vende para comprar otra vivienda se topa con que el mercado está igual de caro arriba. «Sólo mejora si vendes y no compras», se dice. Otro factor que ha entrado con fuerza es la demanda extranjera: para un comprador foráneo, el esfuerzo económico es un tercio que para un nacional. En zonas como Ríos Rosas, el piso se paga en euros que valen menos fuera, y eso ha creado un piso de precios a prueba de nativos.
¿Y cuándo vendrá el ajuste?
El escepticismo sobre una corrección inmediata es grande. Mientras no se construya al ritmo necesario y el dinero siga perdiendo poder adquisitivo, los activos reales —ladrillo, oro, acciones— seguirán revalorizándose. Algunos pronostican una caída del 10% seguida de una subida del 80%, un megaciclo inflacionario que no perdona. Quizá el amigo que compró en 2017 hizo la mejor jugada de su vida. O quizá se subió a una noria que algún día parará. Por ahora, el carrusel sigue girando.