Muere Arévalo, el humorista que dividió a tres generaciones
La etiqueta de última hora la puso
El Mundo: el humorista Arévalo ha muerto a los 76 años. Hasta ahí, el guion previsto. Un nombre de la televisión de antes, una catarata de condolencias y el pellizco de que se va otro trozo de infancia. Pero la despedida se torció hacia otro sitio. En cuestión de horas, el obituario derivó en una pelea sobre qué se podía contar en un escenario hace cuarenta años y qué no se puede contar ya. El cómico se convirtió, él solo, en un asunto de política cultural.
Un cómico de casete que llenaba los coches
Arévalo no fue un cómico de plató ni de redes sociales. Fue un cómico de
casete, de boda y de viaje familiar. Hay quien recuerda que bastaba meter una de sus cintas en el radiocasete para que el trayecto al pueblo se hiciera corto, y quien asegura que sus chistes provocaron más de un ataque de risa al volante. Su territorio fueron las décadas de
1980 y los primeros noventa, con giras habituales por ciudades como Bilbao, donde también actuaba Eugenio por aquel entonces. Fuera del escenario, la fama que le acompañaba era la de hombre cercano y nada engreído, según quienes trataron con él entonces. Tampoco faltó quien discutió el dato de la edad, convencido de que estaba más cerca de los ochenta. Y quien anticipó el aluvión de homenajes de una generación concreta, con un punto de sorna hacia los que ahora se emocionan.
¿Por qué su humor se considera políticamente incorrecto?
Porque buena parte de su repertorio se apoyaba en materiales que hoy no pasarían un guion: acentos marcados, rasgos físicos y orientación sexual convertidos en personaje. Ese es, a grandes rasgos, el molde del chiste clásico que se le atribuye. Dos o tres tipos sobre el escenario y la carcajada servida a costa de alguien. La reacción fue inmediata en los dos sentidos. Un bloque reivindicó esa manera de hacer humor como una libertad perdida y sostuvo que varios de aquellos chistes serían hoy, directamente, delito de odio. Otro bloque respondió que nunca le hizo gracia un repertorio construido sobre colectivos y discapacidades. La coincidencia, escasa, fue reconocer que el humor de entonces y el de ahora no se parecen en nada.
Tip, Eugenio y Gila: los nombres que reaparecen en cada despedida
Cada muerte de un cómico de esa generación reabre el mismo ranking. La discusión situó en la cima a
Tip y Eugenio, por su cara de póker y por aguantar el paso del tiempo, que en humor es lo más difícil. También a Gila, y a Martes y Trece como pareja solvente. Debajo, una lista larga de nombres que una parte considera relleno de la época: Bigote, Marianico el Corto, Manolo Royo, Félix el Gato, los Hermanos Calatrava. La frontera entre el genio y el chiste malo no la marca el tiempo, sino quién recuerda qué. Ahí está el caso de Gila, que combatió como soldado republicano y que, según el relato que circula, tuvo que cambiar de chaqueta al terminar la guerra: le tocó cruzar desde el búnker de El Capricho con una bandera blanca para anunciar la rendición. Y en medio de todo, un clásico foráneo reivindicado sin complejos como referencia absoluta del género.
La vacuna y la muerte: una acusación sin pruebas
En paralelo a los obituarios apareció un segundo relato, más áspero: el que vincula su fallecimiento con la vacunación y le reprocha haberla defendido. Ese vínculo no tiene ningún respaldo probatorio y la causa de la muerte no ha sido detallada más allá de la edad. Conviene decirlo claro, porque la etiqueta circuló con alegría: atribuir un fallecimiento a una vacuna sin evidencia es un bulo, no una hipótesis. Hubo incluso quien retiró su condolencia al recordar ese mensaje, con insultos de por medio. Y hubo quien, en sentido contrario, recordó que a esa edad la causa más probable es, sencillamente, la edad.
El R12, los casetes y un sueldo para toda la familia
La nostalgia no tardó en vestirse de economía doméstica. El retrato que más se repitió: un
R12 TS familiar, quince días de agosto en La Manga, cintas de Arévalo, Manolo Escobar y Peret, un solo sueldo de fábrica y la madre sin trabajar. La conclusión que se extrae es siempre la misma: aquello era más feliz y más libre. La letra pequeña de ese recuerdo incomoda. Quien vivió esa década con distancia recuerda que había muchísima gente perdida por la droga, bastante más que ahora, y que cada generación escucha de la anterior exactamente la misma cantinela: que la juventud está perdida y que antes se vivía mejor. También entonces los mayores decían que se pasaba hambre pero se era más feliz. El mecanismo se repite con una fidelidad que asusta.
Al final, la pelea no va de Arévalo. Va de si el humor puede envejecer sin pedir permiso, de quién decide qué es gracioso y de si aquella libertad de escenario era real o solo la libertad de reírse siempre de los mismos. Con los datos disponibles, esa cuenta no se cierra.