Muere Vargas Llosa a los 89 años en Lima
¿Qué queda de un escritor cuando el escritor muere? La familia de Mario Vargas Llosa ha confirmado su fallecimiento en Lima a los 89 años. La noticia, difundida por la agencia EFE, ha abierto un doble debate: el literario, sobre el lugar que ocupa en el canon hispanoamericano, y el económico, sobre el coste real de una vida de lujo sostenida durante décadas entre París, Londres, Madrid y Lima. En el trasfondo, una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que se celebra como mérito literario es en realidad una posición privilegiada en el momento adecuado?
El último del boom hispanoamericano
Con Vargas Llosa desaparece el último miembro vivo del llamado boom hispanoamericano, el grupo que transformó la narrativa en español a partir de los años sesenta. Su obra abarca títulos como
La ciudad y los perros,
Conversación en la catedral,
Pantaleón y las visitadoras y
La fiesta del chivo. Hay quien sostiene que
Conversación en la catedral es uno de los mejores libros escritos en español, aunque también se apunta que su obra más popular —
La tía Julia y el escribidor— es una comedieta tontorrona comparada con aquella. La paradoja del éxito: lo más vendido no siempre es lo más valorado.
La comparación con otros nombres es inevitable. Por debajo de Gabriel García Márquez, de Jorge Luis Borges, de Machado y de Lorca, pero por encima del resto, según una corriente de opinión. Otros colocan a Isabel Allende como arquitectura de la literatura sublime, y hay quien defiende que Cela solo tuvo un libro bueno o que Reverte lleva toda la vida escribiendo el mismo libro. El canon, como se ve, no es unánime.
Los 80.000 euros al mes de la vida en pareja
El flanco económico del personaje ha generado tanto ruido como el literario. La «tarifa» por ser pareja de Isabel Preysler implicaba, según un cálculo que circula, aportar 80.000 euros al mes para sostener una vida de lujo. La cifra ha provocado estupor: hay quien no entiende que alguien precise ese nivel de gasto, ni que un novelista —intelectual de segunda, según una opinión— se rodee de ese ecosistema social.
El asunto tiene derivadas patrimoniales. Se apunta que los hijos de Vargas Llosa se oponían al romance porque cada mes de relación era una casita menos en la herencia. La pregunta que sobrevuela: ¿a quién pasa una fortuna así cuando no hay más descendencia? El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende.
El legado político y la conversión tardía
Vargas Llosa fue un liberal convencido, defensor del neoliberalismo capitalista para unos y azote de los autoritarismos para otros. Su frase «El socialismo no es el paraíso traído a la tierra, sino la tierra convertida en un infierno» resume su posición. También mostró el rostro de Sendero Luminoso cuando en Europa nadie creía lo que pasaba en Camboya con los jemeres rojos.
Su vida personal, en cambio, ha sido objeto de crítica: se le reprocha haber tratado mal a su mujer. La contradicción entre el discurso y la conducta es el reproche más repetido. «Progres y socialistas son eso, happy y socialistas con todo, menos con sus propias vidas y patrimonios», resume una corriente de análisis.
¿Quién paga el luto de Isabel Preysler?
La sombra de Isabel Preysler planea sobre la noticia. Se bromea con que está de luto y con que Julio Iglesias es el único que le queda vivo. Se recuerda que el mantenimiento de Villa Meona cuesta un riñón, pero que entre exclusivas, publicidades y la ayuda de sus hijos —Enrique Iglesias incluido— sale adelante de sobra. La nariz, se especula, no es por la cocaína sino por razones estéticas mal entendidas.
La escena tiene algo de esperpento: un escritor serio convertido en comparsa de la prensa rosa. «Que pena lo de los últimos años haciendo el ridículo con la Preysler», se lee. Todos cometemos errores, pero algunos se pagan en portada.
El negocio editorial que deja
La muerte de Vargas Llosa reabre el interés por su obra. Los libros ya leídos se intercambiaban en los kioscos como cromos, y su nombre sigue siendo un activo editorial. La pregunta es si el legado se gestionará como patrimonio cultural o como franquicia. El tiempo dirá.
Mientras, la conversación derivó hacia lo de siempre: que si los indigenistas, que si los criollos, que si la herencia. Un escritor muere y el coro sigue a lo suyo. Ironía seca: al final, lo único que no se puede heredar es el talento.