Sánchez entierra la golden visa y el mercado no se inmuta
El Gobierno elimina la golden visa, el permiso de residencia que se obtiene invirtiendo más de 500.000 euros en vivienda en España. Lo anunció el presidente con un argumento rotundo: «La vivienda es un derecho constitucional y no un mero negocio especulativo». La medida retira un incentivo que la ley aprobada por el PP mantenía vigente. Hasta ahí, el titular. El problema aparece al mirar el volumen: la cifra que se maneja habla de entre
500 y 600 compradores al año interesados en residir en España por esta vía.
¿Cuántas golden visa se conceden realmente en España?
Ese medio millar anual es el eje del escepticismo. Frente a una medida presentada como golpe al negocio especulativo, las estimaciones que circulan apuntan a un impacto mínimo sobre el mercado residencial: en diez años no se habrían concedido ni 5.000 golden visas, ni siquiera 500 al año. Puestos a comparar, el visado de inversión es un guijarro frente al conjunto del parque de vivienda. De ahí que buena parte del análisis lo lea más como gesto simbólico que como política de choque.
Las informaciones que acompañan al anuncio señalan a los inversores
rusos y chinos como principales beneficiados de un instrumento diseñado para atraer capital extranjero. La discusión, en cualquier caso, se desplaza rápido de los papeles al precio: qué le ocurre al suelo cuando se cierra una puerta de entrada. Algunas informaciones han vinculado además el instrumento con proyectos hoteleros en Madrid promovidos al calor de esa inversión.
¿Por qué Portugal es la referencia inevitable?
Portugal puso fin a la golden visa en Lisboa y Oporto en enero de 2022. El
precio de la vivienda no bajó; subió. Los números que se citan son difíciles de esquivar: desde entonces el encarecimiento alcanzó el
21,55% en la capital lusa, cuatro puntos por encima del
17,42% de Madrid, según datos del portal Idealista. La lectura incómoda para el relato oficial es que restringir la demanda extranjera de vivienda de lujo no contiene el alza. La lectura incómoda para los críticos es que el experimento tampoco demuestra que la medida sea inútil.
El efecto cascada que unos defienden y otros niegan
Aquí se rompe el consenso. Una corriente sostiene que el inmobiliario funciona por capas: si desaparecen los compradores extranjeros ricos, las viviendas caras bajan; al bajar, las del nivel inmediatamente inferior ya no pueden competir con ese precio y corrigen también; y la rebaja se propaga hacia abajo hasta las más baratas. Es el efecto cascada, y el desarrollo completo de ese mecanismo es lo que separa a una escuela de la otra.
La objeción es igual de simple. Si se deja de construir vivienda de lujo, la poca que ya existe se revaloriza, y esas pocas unidades suben, empujando el resto hacia arriba. Portugal funcionaría entonces como contraejemplo exacto. Dos mecanismos opuestos, un mismo dato y ninguna forma de refutarlo del todo.
Lo que la medida no toca: nacionalidad y otros visados
Una parte del debate desvía la mirada hacia otro carril. Se argumenta que el problema no está en el visado de inversión, cuyas cantidades son reducidas, sino en otras vías de acceso a la residencia y a la nacionalidad que seguirían abiertas.
El visado de oro se apaga; el grifo de la nacionalidad, dicen, sigue girando.
La discusión mezcla ahí política migratoria, presión sobre la vivienda y agravio comparativo. Hay quien contrapone los centenares de compradores con capital a otras corrientes migratorias muy superiores en volumen —se barajan cifras de cientos de miles de entradas anuales por otras vías— y sostiene que confundir un flujo con otro es confundir el problema de raíz. No es un terreno donde el dato cierre la discusión: la reabre.
Dónde se atasca el análisis
Queda la pregunta de fondo, y la respuesta no aparece. Si de verdad el visado de inversión mueve medio millar de viviendas al año, el precio del mercado corriente no va a enterarse de su desaparición. Portugal lo insinúa, los volúmenes lo confirman y, aun así, nadie firma que la medida sea irrelevante a largo plazo.
Los que la defienden ven justicia; los que la critican, escaparate. El precio de la vivienda sigue sin dueño claro, y el anuncio deja intacta la promesa con la que nació: convertir el acceso a la vivienda en algo más que un titular.