«Ucrania no puede ganar la guerra en el plano táctico»
La superioridad aérea rusa convierte cualquier concentración de tropas en un blanco fácil. Es la conclusión que defiende un participante en el debate:
Ucrania no puede ganar en el plano táctico convencional, pero eso no significa que la guerra esté decidida. La única baza realista pasa, según este análisis, por
operar en pequeñas unidades, hostigar las cadenas logísticas y los convoyes rusos para infligir el mayor número de bajas posible. El tiempo, sostiene, juega siempre contra el ocupante.
La superioridad aérea rusa como factor decisivo
El punto de partida es, para este forero, incuestionable: Rusia tiene una
superioridad material aplastante y, lo que es igual de importante, la superioridad aérea. Cualquier concentración de tropas de cierta entidad para un contraataque ucraniano podría ser rápidamente detectada y desbaratada por la aviación rusa. Eso descarta, a su juicio, la guerra de maniobras convencional.
En caso de una invasión a gran escala, la única baza ucraniana que plantea es operar en pequeñas unidades y hostigar en la medida de lo posible las cadenas logísticas y los convoyes de tropas. El objetivo no es ganar batallas, sino
infringir el mayor número posible de bajas y obligar al invasor a dispersar fuerzas.
Checkpoints, convoyes y la lógica de la insurgencia
A medida que los rusos avancen, tendrán que retraer fuerzas de otros frentes para proteger los convoyes, principalmente con blindados y carros de combate. Eso implica un gasto logístico creciente y la necesidad de montar
checkpoints cada pocos kilómetros para proteger las vías de comunicación. Estos puestos se convierten en objetivos perfectos para golpes de mano, porque suelen estar defendidos por unidades pequeñas tipo pelotón.
La siguiente consecuencia lógica es el uso de
IED fabricados con minas anticarro, que entorpecen aún más los movimientos y dificultan las operaciones. Otra táctica citada es el hostigamiento a larga distancia: disparar casi en el límite del alcance de las armas propias para limitar los movimientos enemigos y obligarle a pedir apoyos de fuego, retirándose antes de que lleguen.
Lo ideal, se argumenta, es que estos pequeños grupos operen cerca de la zona en la que viven y puedan confundirse rápidamente con la población civil. No es una invención reciente: es lo que llevan haciendo los grupos insurgentes durante años, y en algunos casos les ha permitido imponerse a un enemigo muy superior técnicamente.
El coste económico: ¿puede Rusia sostener el ritmo?
Aquí entra el factor económico. Un análisis recurrente sostiene que Rusia es un
gigante militar pero un enano económico, y que no puede mantener un despliegue de esta intensidad durante años como sí hacen Estados Unidos. La forma de ganar esta guerra para Ucrania, se argumenta, es simplemente alargarla.
El coste de las operaciones es una losa. Hay quien apunta que si Rusia «gana» e instala un gobierno títere, ese gobierno no tendría apoyo popular y sería incapaz de pagar a funcionarios y a la estructura política con rublos devaluados. La ocupación, en ese escenario, se convierte en un sumidero de recursos.
El escenario de la partición: Donbás, Crimea y el acceso al mar
No todos los análisis apuntan a una ocupación total. Una corriente sostiene que, una vez derrotado el ejército convencional ucraniano y conquistado el eje Odesa-Crimea-Donbás, Rusia podría replegarse a esa zona, donde la población de origen ruso es mayoritaria. En ese caso, el coste de la ocupación sería menor y habría negado a Ucrania el acceso al mar.
En ese escenario, la insurgencia sería más débil y, al ser un territorio mucho más pequeño, sería sostenible a largo plazo. Se trata de una hipótesis, no de un hecho consumado, y depende de si la población local es hostil o no. En la guerra de 2014, se recuerda, no hubo casi oposición a la ocupación en esas zonas.
Las zonas prorrusas: ¿cuáles son y cuánto pesan?
La discusión deriva hacia el mapa político. Se mencionan Donetsk y Lugansk como regiones prorrusas, y también Járkov y Crimea. Sin embargo, hay quien matiza que en la Rada solo había un
10% de parlamentarios con tendencia prorrusa, con un voto popular del 13%, y que en Járkov ganó el partido proeuropeo. La legitimidad de la pretensión de defender a la minoría rusa atacando el país entero queda, cuando menos, en entredicho.
No todos los rusos étnicos apoyan la invasión, lógicamente. La ecuación entre identidad étnica y lealtad política es más compleja de lo que sugiere la propaganda.
La OTAN no intervendrá: el escenario de la guerrilla larga
La conclusión estratégica que se repite es que la OTAN no va a intervenir directamente. Los ucranianos están solos. Eso deja un escenario de
guerra de guerrillas que puede durar años, con consecuencias económicas para todos. La idea de que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea se descarta porque derribar aviones rusos implicaría un conflicto directo.
El tiempo, insisten, juega contra el ocupante. Pero la factura en vidas y en destrucción se acumula mientras tanto. La guerra ya está perdida en el plano táctico; la pregunta es cuánto puede alargarse y a qué precio.
¿Qué queda cuando la victoria militar convencional está fuera de alcance? La respuesta que se dibuja no es un triunfo, sino una resistencia prolongada que desgaste al invasor. Si eso basta para torcer el resultado final es algo que, a la vista de los datos disponibles, nadie puede asegurar todavía.