Quién abrió la inmigración en España: medio siglo de pulso
¿Quién abrió la puerta a la inmigración masiva en España? La pregunta se repite cada vez que la población extranjera marca un nuevo máximo, y la respuesta cambia según quién la formule. Unos sitúan el origen a finales de los noventa; otros, en los primeros años dos mil. Lo que casi nadie discute, según los participantes en el debate, es el resultado: cada vez más población llegada de fuera. Quien resume el malestar lo dice sin matices: el país, sostienen, ya no se parece a lo que era.
Las cifras de población extranjera que circulan
Los números que se manejan en este terreno son gruesos y difíciles de cuadrar. Hay quien habla de
7 millones de personas con nacionalidad extranjera, a las que sumar
11 millones de nacionalizados, frente a unos
30 millones de autóctonos. De ahí sale una estimación que circula en el hilo: que
una de cada tres personas nacidas en España es hija de extranjeros. Otro participante replica que esa proporción se queda corta y que, contando a los hijos de quienes ya obtuvieron la nacionalidad —categoría que, según este participante, el recuento diluye dentro del epígrafe de «españoles»—, ya serían más de la mitad.
El detalle importa porque de él depende todo el diagnóstico. Si el goteo es moderado, el asunto es de gestión; si es masivo, la conversación cambia de naturaleza. Y las cifras de calle —las que cada cual saca de su barrio, de su vagón de metro, de su panadería— rara vez coinciden con las del papel.
El pulso entre González y Aznar por la ley de extranjería
Aquí es donde la discusión se atasca. Un sector sostiene que el marco legal que sigue vigente se aprobó en los últimos años del gobierno de Felipe González, y que aquello fue el verdadero pistoletazo de salida. Otro recuerda que fue con Aznar cuando empezó a verse a gente de fuera en las calles, y que el PP tuvo dos oportunidades —una de ellas con mayoría absoluta— para dar marcha atrás y no lo hizo. Quien compara ambos relatos concluye algo incómodo para los dos grandes partidos:
el grueso de la política migratoria ha sido un continuo que ninguno ha roto.
En esta lectura, la derecha no avanza pero tampoco deshace, y la izquierda marca el ritmo cuando vuelve.
La alternancia, viene a decirse, funciona como una cinta transportadora: unos empujan la agenda, otros la sostienen, y la ventana de lo aceptable se desplaza un poco más con cada ciclo. La anécdota que se cita —una locutora conservadora de los ochenta defendiendo de pronto la inmigración— sirve para ilustrar el argumento: el cambio de relato llegó antes que las leyes.
Por qué se pone de ejemplo a Polonia o Hungría
Buena parte del descontento se canaliza comparando. La tesis es que los países del antiguo bloque soviético, al quedar aislados de Occidente durante décadas, conservaron un perfil social más homogéneo, y que ahora, ya dentro de la UE y la OTAN, correrán la misma suerte. Se citan
Polonia, Hungría, Rumanía, la República Checa o Bulgaria como lugares donde, según esta versión, apenas se ven migrantes, y se añade un componente personal: quien se cansa de buscar pareja dentro, se va a buscarla fuera.
Rusia ocupa un lugar propio en este imaginario. Se la presenta, en palabras de un participante, como un país que «es país», con símbolos y tradiciones intactas, frente a una Europa occidental descrita como una suma de comunidades descosidas. La admiración es estética y política a la vez, y conviene recordar que es una percepción, no un dato.
El diagnóstico demográfico: natalidad, abortos y relevo
Los propios números que se citan para elogiar a Rusia la retratan en apuros. Según las cifras que manejan los participantes, con
poco más de 140 millones de habitantes para un territorio inmenso, el país registró
400.000 abortos en 2022, de los que en torno a una cuarta parte serían espontáneos. En España, la cifra comparable ronda los
90.000. La población musulmana rusa se sitúa, según estas estimaciones,
entre el 20% y el 25%, con proyecciones que la llevarían por encima del
30% en 2034; la española, según la misma fuente, rozaría el
10%.
Traducido: el problema que se atribuye a España no es una excepción ibérica. Es un patrón que atraviesa media Europa y que tiene tanto de demografía como de economía.
Qué se discute de verdad más allá del titular
Debajo del ruido hay una discusión legítima sobre qué significa un país, cuánta mezcla admite y quién decide. Y hay una petición de cifras que nadie satisface: cuántos, cuántos al año, cuántos sin papeles. Sin ese suelo numérico, cada bando elige su termómetro: el padrón, la matrícula escolar o el simple recuento de la panadería.
Con semejante lío de cifras, lo único que parece claro es que el país seguirá discutiendo quién abrió la puerta mientras la puerta, por lo visto, sigue girando.