Trump contra los molinos: ¿un bluff o una advertencia real sobre la dependencia de China?
China no solo tiene molinos de viento: los fabrica, los instala y los exporta. Mientras Trump tuiteaba que “los fracasados de Europa compran a China” esos aparatos, los datos cuentan otra historia: el país asiático acumulaba a finales de 2025 unos 660 GW de potencia eólica instalada, más que Estados Unidos y toda la Unión Europea juntos. La paradoja es que, aunque el expresidente estadounidense acierta en que la fabricación de componentes clave se ha desplazado a China, la realidad del mercado eólico global es mucho más compleja que un simple ridículo.
La realidad de la fabricación: europea en nombre, china en esencia
Grandes fabricantes como Vestas (danés), Siemens Gamesa (alemán-español), GE Renewable, Enercon y Nordex son europeos, sí. Pero la cadena de suministro revela que los componentes críticos —góndolas, generadores, reductores, incluso cables— llegan cada vez más de China. Un análisis del mercado de 2023 muestra que el fabricante chino Goldwind ya copa el 12% del mercado global, seguido de Ming Yang y Envision. En palabras de un técnico del sector, las plantas europeas “ensamblan, pero todo viene de China”. La excepción son las palas —gigantescos moldes de resina— que sí se producen localmente por su enorme volumen y peso, lo que encarece el transporte.
La polémica no es nueva. En 2023, Vestas cerró su planta en Viveiro (Galicia) para trasladar producción a China, decisión que costó cientos de empleos y que ejemplifica la sangría industrial. Siemens Gamesa, por su parte, se ha visto inmersa en problemas financieros tras años de ayudas públicas y fusiones. El resultado es una industria eólica europea que, en la práctica, depende de las importaciones chinas en un porcentaje creciente.
El debate energético que Trump reabre: ¿dependencia o pragmatismo?
El tuit de Trump, por más bronco que sea, toca una fibra sensible: la sustitución de una dependencia (gas ruso) por otra (tecnología china). Quienes defienden la apuesta eólica arguyen que, sin molinos, Europa quedaría atada al gas estadounidense y al petróleo saudí, una opción que algunos califican de “terrible, brutal para las renovables” y que otros ven como necesaria para garantizar el suministro. Sin embargo, varios analistas señalan que la verdadera cuestión no es si los molinos son eficaces —“no dan energía para sostener una civilización”, ironiza un escéptico— sino si Europa puede permitirse el lujo de renunciar a la fabricación propia en un sector estratégico.
Los datos de capacidad no engañan: Alemania genera ya un 48-50% de su electricidad de fuentes renovables (eólica+solar), y España un 41-43%. Mientras tanto, China, con una base enorme, aún ronda el 22-23% de su mix. Pero la velocidad de instalación china es abrumadora: 1.700 GW combinados (solar+eólica) frente a los 185 GW de Alemania. La pregunta incómoda es si el modelo europeo, con una industria deslocalizada, es sostenible a largo plazo.
Lo que el debate deja claro es que Trump sabe vender un eslogan, pero la realidad energética es más matizada. China sí tiene molinos y los vende; Europa sí fabrica, pero cada vez menos. La próxima década dirá si la apuesta renovable europea se sostiene sobre cimientos propios o sobre un andamio ajeno.
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