Trump pide despedir a Powell y controlar la Fed
Donald Trump ha pedido abiertamente la destitución de Jerome Powell al frente de la
Reserva Federal. «Jerome Powell debería haber bajado los tipos de interés, como el BCE, hace tiempo, pero sin duda debería bajarlos ahora. ¡El despido de Powell no puede esperar!», escribió el presidente estadounidense, que calificó de «desastre» los informes del banco central. La salida de tono no es un episodio aislado: llega después de que el BCE haya movido ficha bajando tipos y de que la política arancelaria de la Casa Blanca tenga desconcertados a inversores y socios comerciales.
Qué ha dicho Trump y por qué ahora
El detonante es la asimetría entre las dos orillas del Atlántico. El BCE bajó tipos; la Fed, no. Para Trump, eso es una traición a la lógica del momento. Para el mercado, es la enésima señal de que la política económica se decide a golpe de tuit.
La acusación de «desastre» no es un insulto en sentido estricto, pero el mensaje de fondo sí es grave: el presidente de EEUU quiere tener voz —y mano— sobre la política monetaria. Y eso, en un país donde la Fed es formalmente independiente, es un terremoto institucional.
¿Por qué la Fed no baja los tipos como el BCE?
Porque su mandato no es complacer al inquilino de la Casa Blanca. La Reserva Federal es una entidad privada que no responde al Ejecutivo, y ese diseño —incómodo para muchos— es precisamente lo que la protege de la presión política. Bajar tipos para abaratar la refinanciación de una deuda pública desbocada es una tentación, no una obligación técnica.
El argumento que circula es que EEUU tiene vencimientos de deuda encima y necesita tipos bajos para refinanciar. No es lo mismo pagar al 5% que al 1%. Ahí está el núcleo del pulso: quien controla el precio del dinero controla el coste del Estado.
El doble rasero que nadie quiere ver
Hay una corriente que señala la contradicción: cuando Lagarde baja tipos, se aplaude; cuando Powell no los baja, se le exige la cabeza. Y cuando Trump pide que el Estado tenga algo que decir sobre la Fed, se rasgan las vestiduras los mismos que llevan años denunciando que una entidad privada controle la moneda.
El problema no es el doble rasero, que también. El problema es que nadie quiere responder a la pregunta incómoda: ¿por qué una institución privada tiene más poder sobre la economía que un gobierno elegido?
El oro como termómetro del miedo
Mientras el pulso institucional se recrudece, el oro marca máximos históricos. Ha superado los 3.332 dólares la onza, impulsado por la incertidumbre comercial y la desconfianza hacia el dólar y los bonos del Tesoro. Robert Kiyosaki lo repite: el metal, la plata y el bitcoin están avisando.
No es casualidad. Cuando el mercado deja de creer en la independencia del banco central, busca refugio en lo que no puede imprimirse. La política arancelaria de Trump —con nuevas investigaciones para gravar minerales críticos, chips y farmacéuticas— añade más leña.
La trampa de la deuda y el dólar débil
La estrategia que se intuye es hundir transitoriamente el dólar para afrontar los vencimientos de deuda. Bajar tipos abarata la refinanciación, pero debilita la moneda y encarece las importaciones. Es una jugada de corto plazo con efectos de largo.
El problema es que en el tablero geopolítico los demás también mueven ficha. El BCE ya lo ha hecho. Y Trump, al enseñar su juego, pierde capacidad de sorpresa. La desesperación se disfraza de estrategia.
El pulso entre Trump y Powell no se resuelve con un tuit. La Fed no es un ministerio, y el precio del dinero no se decide en un mitin. Pero la presión existe, el oro lo refleja y la deuda aprieta. Hasta dónde aguanta la independencia del banco central es la pregunta que nadie responde con datos.