Crisis: Trump amenaza a todos los que no se enemisten con Irán

Fudivarri

EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
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Trump amenaza a Irán con ‘Día D económico’El presidente estadounidense advirtió a todos los países que no proporcionen “ningún tipo de salvavidas” a Teherán mientras las conversaciones de paz siguen estancadas

Vale, hagamos un ejercicio de análisis y pensemos que todo esto no es una sarta de torpezas, sino una jugada maestra de póquer con trampa. Porque, claro, uno se queda con la versión oficial: Trump amenaza a Irán, blande su «operación económica aplastante», exige a medio mundo que se ponga firme contra Teherán… y parece que no ve más allá de su propio ombligo. Pero ¿y si todo este teatro está montado para otra cosa? ¿Y si el objetivo no es doblegar a Irán —que ya sabemos que no se dobla fácilmente— sino dar un golpe a los «socios» de EE.UU.? Porque lo que no te cuentan en los telediarios es que Europa, Canadá, Australia y Japón tienen una industria más viva, más competitiva y más pujante que la estadounidense, que lleva décadas deslocalizada a China. Y eso, a los que manejan los hilos de verdad, les escuece.

Ahí es donde entra el factor que nadie quiere nombrar: los asesores de Trump —y no me vengan con el cuento de que es antisemitismo, que es simplemente observar quién firma los cheques y quién dicta la política exterior en Washington— llevan años empujando esta narrativa de «amenaza iraní» no para proteger a Israel, que también, sino para obligar a Europa y a los demás aliados a romper sus lazos comerciales con Irán y, de paso, encarecerles la energía, desestabilizar sus cadenas de suministro y frenar su recuperación industrial. Porque mientras el viejo continente y los asiáticos ricos dependen del petróleo y el gas que pasan por el estrecho de Ormuz, EE.UU. se frota las manos: quiere venderles su propio fracking carísimo o, mejor aún, que se arrodillen pidiendo permiso para comerciar con quien EE.UU. les diga.

Y ojo, que la jugada es más retorcida todavía: si los europeos, los canadienses, los australianos y los japoneses se pliegan al bloqueo económico y rompen con Irán, están firmando su propia condena comercial. Porque Irán no es solo petróleo; es un mercado de 80 millones de habitantes, un corredor logístico hacia Asia Central y un socio energético clave para países como Alemania o Francia. Pero si se niegan a obedecer, Trump los amenaza con «tremendas consecuencias» —léase aranceles, sanciones secundarias y exclusión del sistema financiero global. Así que, tanto si obedecen como si no, pierden. Es el clásico «o te perjudico con Irán o te perjudico con mi vara de medir». Y todo ello mientras la industria estadounidense sigue siendo un cascarón vacío, porque los que realmente mandan —los asesores de la Casa Blanca y sus colegas de Wall Street— no ganan dinero produciendo, sino especulando con el caos y la deuda ajena.

Pero no nos quedemos en la anécdota: ¿y si esta «guerra contra Irán» es, en realidad, una guerra contra la autonomía económica de los aliados? Porque una cosa es que Trump, con su verborrea de tuitero furioso, crea que está castigando a los ayatolás. Otra muy distinta es que sus asesores —gente con apellidos que suenan a inversiones en fondos de alto riesgo— hayan diseñado este escenario para que EE.UU., aunque no pueda fabricar un tornillo sin importarlo de China, recupere el control geopolítico a base de extorsión pura y dura. Y la prueba está en que los bombardeos se han parado justo cuando se acababan los misiles —casualidad, claro— y ahora toca apretar el tornillo financiero, que es donde los de la élite neoyorquina son especialistas. Porque en eso sí que no han externalizado su producción: en saber perjudicar al prójimo con papeles y decretos.

Así que, querido lector, cuando oigas a Trump gritar «OPERACIÓN ECONÓMICA APLASTANTE», no pienses en Irán. Piensa en el fabricante alemán que no puede vender su maquinaria a Teherán, en el agricultor canadiense que pierde su mercado de fertilizantes, en el astillero japonés que se queda sin contratos, en el minero australiano que ve cómo su cobre se devalúa por el bloqueo. A todos ellos los están friendo en su propia salsa, y ni siquiera se han dado cuenta de que el fuego lo han encendido los que se sientan a la derecha de Trump. Porque el verdadero enemigo no es el régimen iraní, sino la competencia industrial de los «amigos» de EE.UU., y esta guerra de palabras y sanciones es la excusa perfecta para asfixiarlos sin disparar un solo tiro.

Y lo más cínico de todo: Irán, con su cerrojo en Ormuz, juega su papel de malo de la película a la perfección, mientras los asesores de Trump se llevan el gato al agua: desestabilizan a los aliados, fortalecen el dólar como moneda de refugio, encarecen la energía europea y, de paso, venden armas y gas licuado a precio de oro. ¿Que Irán sobrevive? Pues sí, pero eso es lo de menos, porque el objetivo nunca fue derrocarlos —eso sería caro y complicado— sino usarlos como excusa para explotar a los competidores económicos. Así que la próxima vez que veas a Trump enardeciendo a la turba con sus mayúsculas, pregúntate quién le susurra al oído y qué intereses hay detrás. Porque esto no va de misiles, va de billetes y de poder industrial. Y en esa partida, los europeos, canadienses, australianos y japoneses están jugando con cartas marcadas por la banca de Washington. Bienvenidos al nuevo orden mundial: el caos no es un error, es el negocio.
 
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Trump amenaza a Irán con ‘Día D económico’El presidente estadounidense advirtió a todos los países que no proporcionen “ningún tipo de salvavidas” a Teherán mientras las conversaciones de paz siguen estancadas

Vale, hagamos un ejercicio de análisis y pensemos que todo esto no es una sarta de torpezas, sino una jugada maestra de póquer con trampa. Porque, claro, uno se queda con la versión oficial: Trump amenaza a Irán, blande su «operación económica aplastante», exige a medio mundo que se ponga firme contra Teherán… y parece que no ve más allá de su propio ombligo. Pero ¿y si todo este teatro está montado para otra cosa? ¿Y si el objetivo no es doblegar a Irán —que ya sabemos que no se dobla fácilmente— sino dar un golpe a los «socios» de EE.UU.? Porque lo que no te cuentan en los telediarios es que Europa, Canadá, Australia y Japón tienen una industria más viva, más competitiva y más pujante que la estadounidense, que lleva décadas deslocalizada a China. Y eso, a los que manejan los hilos de verdad, les escuece.

Ahí es donde entra el factor que nadie quiere nombrar: los asesores de Trump —y no me vengan con el cuento de que es antisemitismo, que es simplemente observar quién firma los cheques y quién dicta la política exterior en Washington— llevan años empujando esta narrativa de «amenaza iraní» no para proteger a Israel, que también, sino para obligar a Europa y a los demás aliados a romper sus lazos comerciales con Irán y, de paso, encarecerles la energía, desestabilizar sus cadenas de suministro y frenar su recuperación industrial. Porque mientras el viejo continente y los asiáticos ricos dependen del petróleo y el gas que pasan por el estrecho de Ormuz, EE.UU. se frota las manos: quiere venderles su propio fracking carísimo o, mejor aún, que se arrodillen pidiendo permiso para comerciar con quien EE.UU. les diga.

Y ojo, que la jugada es más retorcida todavía: si los europeos, los canadienses, los australianos y los japoneses se pliegan al bloqueo económico y rompen con Irán, están firmando su propia condena comercial. Porque Irán no es solo petróleo; es un mercado de 80 millones de habitantes, un corredor logístico hacia Asia Central y un socio energético clave para países como Alemania o Francia. Pero si se niegan a obedecer, Trump los amenaza con «tremendas consecuencias» —léase aranceles, sanciones secundarias y exclusión del sistema financiero global. Así que, tanto si obedecen como si no, pierden. Es el clásico «o te perjudico con Irán o te perjudico con mi vara de medir». Y todo ello mientras la industria estadounidense sigue siendo un cascarón vacío, porque los que realmente mandan —los asesores de la Casa Blanca y sus colegas de Wall Street— no ganan dinero produciendo, sino especulando con el caos y la deuda ajena.

Pero no nos quedemos en la anécdota: ¿y si esta «guerra contra Irán» es, en realidad, una guerra contra la autonomía económica de los aliados? Porque una cosa es que Trump, con su verborrea de tuitero furioso, crea que está castigando a los ayatolás. Otra muy distinta es que sus asesores —gente con apellidos que suenan a inversiones en fondos de alto riesgo— hayan diseñado este escenario para que EE.UU., aunque no pueda fabricar un tornillo sin importarlo de China, recupere el control geopolítico a base de extorsión pura y dura. Y la prueba está en que los bombardeos se han parado justo cuando se acababan los misiles —casualidad, claro— y ahora toca apretar el tornillo financiero, que es donde los de la élite neoyorquina son especialistas. Porque en eso sí que no han externalizado su producción: en saber perjudicar al prójimo con papeles y decretos.

Así que, querido lector, cuando oigas a Trump gritar «OPERACIÓN ECONÓMICA APLASTANTE», no pienses en Irán. Piensa en el fabricante alemán que no puede vender su maquinaria a Teherán, en el agricultor canadiense que pierde su mercado de fertilizantes, en el astillero japonés que se queda sin contratos, en el minero australiano que ve cómo su cobre se devalúa por el bloqueo. A todos ellos los están friendo en su propia salsa, y ni siquiera se han dado cuenta de que el fuego lo han encendido los que se sientan a la derecha de Trump. Porque el verdadero enemigo no es el régimen iraní, sino la competencia industrial de los «amigos» de EE.UU., y esta guerra de palabras y sanciones es la excusa perfecta para asfixiarlos sin disparar un solo tiro.

Y lo más cínico de todo: Irán, con su cerrojo en Ormuz, juega su papel de malo de la película a la perfección, mientras los asesores de Trump se llevan el gato al agua: desestabilizan a los aliados, fortalecen el dólar como moneda de refugio, encarecen la energía europea y, de paso, venden armas y gas licuado a precio de oro. ¿Que Irán sobrevive? Pues sí, pero eso es lo de menos, porque el objetivo nunca fue derrocarlos —eso sería caro y complicado— sino usarlos como excusa para explotar a los competidores económicos. Así que la próxima vez que veas a Trump enardeciendo a la turba con sus mayúsculas, pregúntate quién le susurra al oído y qué intereses hay detrás. Porque esto no va de misiles, va de billetes y de poder industrial. Y en esa partida, los europeos, canadienses, australianos y japoneses están jugando con cartas marcadas por la banca de Washington. Bienvenidos al nuevo orden mundial: el caos no es un error, es el negocio.
Poca industria europea o japonesa vende productos en Irán. Lleva muchos años en la lista zaina de todos los grandes (y no tan grandes) fabricantes.
 

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