El Trichetazo de Lagarde: 25 puntos más a una economía de rodillas
¿Cuánto tarda un banco central en reconocer que llega tarde? El BCE subió los tipos de interés al 4% y anticipó más alzas. Lo hizo con un año de retraso respecto al arranque de la inflación, después de haber sostenido durante meses que el fenómeno era transitorio. Y con la economía europea dando ya señales de flaqueza, el patrón que describen los análisis más críticos resulta incómodamente familiar:
el mismo error que cometió Trichet en 2008, repetido quince años después.
De la inflación transitoria a la subida tardía
La secuencia es la que más se repite en las conversaciones sobre política monetaria de los últimos meses. Primero, la inflación era un fenómeno pasajero que no requería intervención. Después, cuando dejó de serlo, los tipos subieron de golpe y a un ritmo descrito como inaudito, precisamente porque el punto de partida ya iba tarde. Y ahora, en la tercera fase, llega un apretón adicional de
25 puntos básicos cuando el deterioro de la actividad es, para muchos analistas, indiscutible.
La tesis del retraso tiene un nombre propio en el debate: el
Trichetazo. En 2008, el BCE endureció la política monetaria justo antes de que estallara la crisis financiera, y la decisión se corrigió a toda prisa. Quince años después, la comparación se ha convertido en el eje de la crítica: se actúa tarde, y se sigue actuando tarde cuando la desaceleración ya no es una hipótesis.
¿Por qué sube el BCE los tipos si la economía europea ya flaquea?
El argumento oficial es sencillo y no admite matices. El mandato del Banco Central Europeo consiste en mantener la inflación de la zona euro
por debajo del 2%, y el nivel actual está muy por encima de esa referencia. Subir tipos es el instrumento disponible para frenarlo; bajarlos sería pisar el acelerador. Quien defiende esta lectura recuerda, además, que la década de tipos en el 0% coincidió con una emisión de dinero sostenida.
La objeción es igual de directa. Con la economía europea de rodillas, cada subida adicional encarece el crédito, contrae la inversión y castiga a hogares y empresas ya agotados. La propuesta alternativa que se sostiene en el debate pasa por
dejar los tipos en el nivel actual y observar durante el ejercicio en curso qué efecto real han tenido las subidas ya aplicadas. Solo si la inflación repuntara con claridad volvería a defenderse el apretón sin contemplaciones. El problema, admitido incluso por los partidarios de esperar, es que no se puede combatir a la vez una inflación alta y una recesión en ciernes.
El coste real: hipotecas más caras y una cesta de la compra un 28,4% por encima
Los números que circulan en los análisis son los que convierten la discusión teórica en algo tangible. Las personas con una hipoteca a tipo variable verán cómo su cuota mensual sube una media de
50 euros al mes por cada 100.000 euros de capital pendiente, y la nueva subida de tipos incrementa el coste anual de la hipoteca en unos 2.000 euros. En paralelo, las entidades han endurecido las condiciones de acceso a los préstamos.
Del otro lado de la balanza, quien tiene ahorro empieza a ver algo: los depósitos mejoran poco a poco y algunos productos reparten ya un
3,88% de dividendo. La letra pequeña, sin embargo, se la come la cesta de la compra. El precio de los alimentos en España ha subido en los últimos 25 meses lo mismo que en los 18 años anteriores: la cesta es un
28,4% más cara que en septiembre de 2021, con un encarecimiento adicional del 1,3% mensual en octubre. El desglose completo de qué productos tiran del índice y cuáles se quedan atrás es, con diferencia, la parte más consultada.
La impresora y la deuda pública: el argumento que el BCE no responde
Hay una corriente de análisis que sostiene que el problema no son los tipos, sino quién sigue gastando. Subir el precio del dinero frena la compra de bienes y servicios por parte de familias y empresas, pero los Estados continúan endeudándose, gastando e inyectando liquidez en el sistema. Mientras el chorro de deuda pública siga abierto, razonan, la inflación no bajará: los estados no pueden seguir gastando más de lo que ingresan.
La objeción técnica es que el BCE ya no imprime al ritmo de 2021, aunque sigue comprando y refinanciando. La discusión deriva entonces hacia la geopolítica: la energía disparada, la dependencia europea y el coste de sostener el euro. Y de ahí al terreno cenagoso de las teorías sobre por qué se hacen las cosas, donde resulta imposible encontrar una cifra que zanje nada.
El mar Rojo, el petróleo y un objetivo de inflación que no llega hasta 2025
El escenario se complicó por el lado de los suministros. Los ataques en el mar Rojo dispararon el coste del transporte marítimo un
170% y llevaron el contenedor de China a España de 1.500 a
7.000 dólares. Con el crudo apuntando a los 100 dólares antes de Navidades, según las previsiones que se manejaban, el repunte de la inflación en enero dejaba pocos argumentos para esperar una bajada inminente de tipos.
El propio BCE lo confirmó con su discurso más duro: estima que la inflación
no se acercará a su objetivo hasta mediados de 2025 y mantiene una postura suficientemente restrictiva frente a un mercado que no se la cree. Lagarde, de hecho, se ha negado a anticipar el siguiente movimiento con una fórmula que lo deja todo abierto: se pueden subir los tipos o mantenerlos. Los mercados, mientras tanto, siguen descontando lo contrario que el banco central.
Subir tipos para enfriar una economía tiene un pequeño inconveniente: la economía europea ya venía fría. Quince años después del primer aviso, seguimos esperando a que alguien admita que quizá el termómetro estaba roto.