Fascismo: la palabra comodín que ya nadie sabe definir
¿Puede alguien dar una definición precisa de fascismo sin caer en el “todo lo que no me gusta”? La pregunta, que parece un ejercicio académico, se ha convertido en viral después de que una conocida figura pública —más tarde identificada como una joven activista— protagonizara un bochornoso minuto de silencio en antena al no ser capaz de articular una respuesta. El momento, ampliamente difundido, ha reabierto un debate que lleva décadas enquistado: ¿sirve todavía la etiqueta de “fascista” para describir algo más que la propia furia?
El colapso que lo desencadenó
En una entrevista en televisión, una periodista y activista conocida por su fervor antifascista fue preguntada directamente: “Defina fascismo”. Su respuesta fue un tartamudeo de frases inconexas, referencias a la Guerra Civil y un intento de salir del paso con frases hechas como “es lo que hizo Franco” o “el odio al diferente”. El vídeo se volvió viral en cuestión de horas, no solo por la evidencia del fallo, sino porque reflejaba un fenómeno más amplio: la palabra fascismo se ha convertido en un saco sin fondo donde cabe cualquier cosa que se quiera combatir.
El fascismo económico: el debate que nunca llega
Frente al uso emocional del término, algunos analistas han intentado devolverlo a sus raíces económicas. El fascismo, en su versión italiana original, se basaba en un modelo corporativista donde el Estado mediaba entre sindicatos y empresarios, subordinando la economía al interés nacional. No era ni capitalismo de laissez-faire ni socialismo estatal: era un tercer camino que protegía la propiedad privada mientras la supeditaba a los dictados del régimen. Quienes reclaman una definición precisa señalan que, sin este anclaje económico, cualquier dictadura de derechas —o incluso cualquier persona de derechas— puede ser tachada de fascista. Pero en el fragor del debate actual, las matizaciones han muerto.
La deriva hacia el insulto vacío
Desde la Segunda Guerra Mundial, el término ha sufrido una inflación imparable. Primero fue todo régimen autoritario de derechas; luego, cualquier nacionalismo; después, cualquier crítica al progresismo. Al final, fascista es quien no vota a la izquierda, quien se opone a una ley concreta o quien defiende la propiedad privada. En España, el proceso se aceleró tras el fin del franquismo: fascista pasó a ser sinónimo de “cualquier cosa que no me gusta”, como la política económica de un gobierno o la ideología de un partido rival. La consecuencia es que la palabra ha perdido todo poder descriptivo y solo conserva su capacidad de herir —un arma política que ciega cualquier intento de diálogo.
El IBI como test de coherencia
Un hilo de discusión popular logró ilustrar el callejón sin salida. Un participante defendía que hasta el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) es una forma de expropiación, y por tanto de socialismo, mientras que otro replicaba que es simplemente un impuesto sobre la propiedad. El debate, en apariencia absurdo, revela cómo cualquier intervención del Estado puede ser calificada indistintamente como fascismo o socialismo según quién hable. La confusión terminológica es total: el ciudadano medio aplica etiquetas históricas a fenómenos contemporáneos sin entender su origen ni su evolución. El resultado es un ruido que beneficia a quien tiene el micro más grande.
El arte de no contestar
La anécdota de la activista tiene un precedente curioso: en una entrevista previa, otro periodista le había preguntado lo mismo. Su respuesta fue esquivar con un “soy una chica y exijo dignidad” antes de aprovechar el altavoz para lanzar un discurso feminista y antifascista sin abordar la pregunta. La táctica de no responder —o responder con otra cosa— no es nueva. Es el clásico recurso del político que sabe que la definición es su punto débil. Porque si fascismo significa todo, no significa nada. Y si no significa nada, la lucha antifascista se convierte en una batalla contra molinos de viento.
Conclusión: el relato oficial tambalea
Mientras la izquierda moderna se alimenta de consignas vacías y postureo, el vídeo ha servido de espejo. No solo de la incapacidad de una persona concreta, sino de todo un ecosistema que ha hecho del “fascismo” una palabra mágica para cerrar cualquier debate incómodo. El problema no es el fascismo histórico, que tiene definición académica. El problema es el fascismo actual, ese que cada uno define como quiere, porque ya no es una ideología: es un cajón de sastre donde cabe todo lo que uno odia. Y mientras no se recupere un uso riguroso del término, seguiremos viendo a más oradores colapsar ante la pregunta que deberían saber responder.