Ortega entierra las elecciones y abraza el socialismo autoritario
¿Qué pasa cuando un viejo líder sandinista decide que las urnas son una farsa y que su poder no necesita legitimación democrática? Daniel Ortega lo ha dejado claro: en Nicaragua se acabaron las elecciones como herramienta del "imperialismo". Un discurso que algunos califican de "basado" y otros, de simple cortijo personal.
El giro de Ortega: antiimperialismo o autocracia de manual
Las declaraciones de Ortega apuntan a un abandono explícito del modelo electoral. "Aquí mando yo", viene a decir, y su círculo lo defiende como un acto de soberanía frente a injerencias externas, citando el precedente de Trump en 2020. Sin embargo, el paralelismo con un líder populista que también desconfía de las urnas no es casual. La economía nicaragüense, mientras tanto, no da señales de mejorar: la inversión se ha desplomado y la emigración no cesa.
Hay quien recuerda las palabras de Moisés Hassan, excompañero de Ortega, que definía al régimen como una "pandilla" más antiimperialista que socialista, cercana al modelo iraní. Una etiqueta que Ortega parece asumir con orgullo. El "socialismo al estilo juche latin" que algunos le atribuyen no es más que una dictadura disfrazada de revolución permanente.
Dos visiones irreconciliables
Por un lado, los que aplauden el golpe sobre la mesa: "Por fin alguien se deja de farsas", sostienen. Por otro, los que ven un país hundiéndose bajo el capricho de un gobernante que confunde país con cortijo. La realidad es que Nicaragua suma un año más de recesión y fuga de talentos, mientras su presidente despotrica contra la "oligarquía" y la "sioncracia".
Conclusión: Ortega ha elegido ser el rey de un reino en ruinas. Lo de "basado" suena bien en un foro, pero en la calle la gente sigue sin ver claro el futuro.