La industria alemana se apaga sin gas barato y los sindicatos se movilizan
El país que durante décadas pareció funcionar mejor que nadie afronta ahora la factura incómoda: sin energía barata, su industria se desangra. Lo que era un rumor de pasillo se ha convertido en constatación en las fábricas alemanas. La producción industrial se ha ido al carajo y el horizonte, lejos de aclararse, sólo apunta a peor. Los sindicatos han convocado una huelga coordinada para exigir que se abarate la luz a las empresas, conscientes de que su empleo pende de que la factura energética no ahogue al patrón. Testigos directos describen miedo y desesperación, y hasta un punto de
justicia poética entre quienes llevan años avisando.
¿Por qué Alemania ha perdido su ventaja energética?
Porque construyó su industria sobre gas ruso barato y luego renunció a él. El diagnóstico que más se repite es que el modelo alemán se apoyaba en dos patas que ya no existen: energía abundante a precio bajo y un mercado chino ávido de maquinaria. Cuando cortaron los gasoductos, no había alternativa barata a mano. La decisión previa de paralizar las centrales nucleares dio por hecho que el gas seguiría fluyendo, y ese cálculo se ha revelado como el error de origen. Hay quien responde que las nucleares francesas tampoco garantizan energía abundante y barata; el matiz es razonable y no cambia el fondo. Sin insumo competitivo, una industria intensiva en energía
no compite.
¿Por qué Alemania no puede competir con China?
Porque el alumno aprendió el oficio y ahora vende lo mismo más barato. El auge alemán cabalgó sobre el desarrollo chino: Berlín exportaba a un país en plena construcción de su aparato industrial. Con las plantas ya levantadas y activas, la relación se ha invertido. China es hoy competencia
durísima, tanto por volumen de ingenieros como por capacidad productiva. El ejemplo que se cita es el coche eléctrico: quien sube a un BYD y después a un Volkswagen de gama equivalente deja de mirar el logo. Si la tendencia se mantiene, varias marcas europeas se juegan el cierre.
¿Qué piden los sindicatos alemanes y por qué?
Que se rebajen los costes energéticos a las empresas antes de que se pierdan los empleos. La movilización sindical no va de subir impuestos ni de reivindicaciones abstractas: el representante alemán sabe que su puesto pende de que la fábrica siga siendo rentable. De ahí que la protesta sea
por la energía y no contra ella. La comparación que se establece con España resulta incómoda: aquí, se argumenta, la lógica sindical sería la opuesta, como si encarecer cotizaciones e impuestos no repercutiera en el trabajador. La tesis tiene defensores y detractores.
Jubilados rebuscando en la basura: el síntoma que incomoda
Porque la pobreza de rentas ya asoma entre los mayores. Un testigo relata haber visto a varios jubilados rebuscando latas y botellas para cobrar el
Pfand, el depósito que el comercio devuelve al reciclar envases. La escena no describe una anécdota aislada según ese relato, y contradice la imagen de país rico que Alemania exporta. Tampoco ayuda el contexto del mercado laboral: hay quien sostiene que el nivel de esfuerzo alemán se explica más por la tecnología y las máquinas que por la productividad humana, y que como trabajadores los españoles rinden más de largo. Cada cual arrima el dato a su tesis.
Sin relevo generacional no hay industria que aguante
Porque el problema no se arregla sólo con energía barata. El argumento demográfico es implacable: si no hay relevo en guarderías, colegios y universidades, no hay industria que sostenga el pulso. La idea que se repite es que las próximas generaciones se disputarán los restos de lo que hubo, y que el declive llegará cuando los abuelos de hoy seamos nosotros. Sobre el relato oficial pesa otra sospecha: que la UE se ha autoimpuesto unas sanciones que en teoría iban contra Moscú y en la práctica golpean a su propia industria, mientras sigue comprando materias primas al mismo proveedor.
Ahí el análisis se atasca. No hay consenso sobre quién empujó de verdad la ruptura con Moscú: si una decisión soberana, propia y equivocada, o el empuje de intereses ajenos. Y sin ese acuerdo previo, ninguna receta industrial pasa de promesa.