Torres Colón: el «enchufe» verde que nadie pidió y la reforma que divide
La reforma de las Torres Colón, los dos rascacielos gemelos que cierran la plaza madrileña, ha reabierto una discusión que parecía cerrada: si el apaño arquitectónico que sustituyó al remate verde mejora o empeora uno de los conjuntos más reconocibles del skyline de la capital. El edificio, construido originalmente entre finales de los sesenta y los setenta, arrastra una fama complicada. Durante décadas fue conocido por el remate que lo coronaba, una estructura que muchos asociaban a una carabela y otros a algo bastante menos noble. La intervención posterior, con fachadas acristaladas y un diseño más sobrio, ha puesto de acuerdo a casi nadie.
Qué eran las Torres Colón antes de la reforma
El conjunto original se levantó con una peculiaridad constructiva que todavía hoy se repite en cualquier conversación sobre el edificio: según quienes siguieron la obra, los pisos se montaron de arriba hacia abajo, partiendo de un cuerpo central al que se fueron añadiendo plantas. El remate superior, el famoso «enchufe», no formaba parte del proyecto inicial y se incorporó después, en torno a los fastos de 1992, cuando se quiso dar al edificio un aire conmemorativo que simulaba una carabela. Aquel añadido generó su propia leyenda urbana: la de que el edificio había quedado a medias por falta de presupuesto.
Esa versión circuló durante años y afectó a la percepción pública del inmueble. Quienes han estudiado la estructura sostienen que se trata de un bulo: la última planta y la primera comparten columna en un extremo, de modo que añadir más pisos habría dejado el conjunto en voladizo respecto al eje principal. La explicación técnica desmonta la teoría del dinero desaparecido, pero no ha servido para reconciliar a nadie con el resultado estético.
La reforma actual: cristales curvos y fachadas que concentran calor
La intervención contemporánea sustituyó el remate por una solución de vidrio con cristales curvados hacia dentro, presentes en todas las caras menos en la norte, la que no recibe sol directo. El detalle no es menor: hay quien señala que esa orientación responde a un criterio funcional, el de concentrar luz y calor, y ha llamado la atención de quienes se fijan en los detalles constructivos. El resultado, sin embargo, no ha contentado a casi nadie.
Hay quien defiende que el edificio ha mejorado y que siempre fue uno de los más feos de Madrid. Otros sostienen lo contrario: que antes era feo y ahora es directamente horrible. La comparación con las torres de Plaza de Castilla, conocidas popularmente como Puerta de Madrid, aparece una y otra vez. Frente a quienes consideran que aquellas son un desastre, surge la réplica de que las de Colón, con su nuevo acabado, no les van a la zaga.
El uso del edificio: oficinas vacías y fondos extranjeros
Más allá de la estética, la discusión deriva hacia el uso real del inmueble. La plaza de Colón está rodeada de sedes administrativas y judiciales, y en el entorno sobran oficinas vacías. La hipótesis más repetida es que el espacio acabará ocupado por personal de la administración, ya sea del ministerio del Interior o de la Audiencia Nacional, situada a escasos metros. Otra posibilidad que se baraja es la conversión en viviendas, siguiendo el modelo de ciudades como San Francisco.
La objeción inmediata es que los fondos extranjeros ya han colonizado buena parte del mercado inmobiliario de oficinas en la zona. El resultado es un edificio reformado que, de momento, no tiene un inquilino claro ni un destino definido más allá de su función decorativa en una de las plazas más transitadas de la capital.
El remate como símbolo: de la carabela al patinete
La nostalgia por el edificio original tiene su propia mitología. Hay quien recuerda la época en que aparcar un deportivo en doble fila en Colón y bajarse con americana de hombreras era la definición misma del éxito. Frente a esa estampa, el apaño actual inspira, según la misma corriente, ganas de salir corriendo en patinete eléctrico. La ironía es que el remate anterior tampoco era el proyecto original, sino un añadido posterior que ahora se echa de menos.
La discusión sobre si debieron dejarlas como estaban en los ochenta choca con un hecho incómodo: el edificio de los ochenta ya incluía el enchufe verde. La restauración pura y dura que algunos reclaman habría devuelto exactamente eso, el remate que ahora se critica. La paradoja no ha impedido que la reforma se convierta en el último capítulo de una guerra estética que Madrid lleva décadas librando consigo misma.
Con estos mimbres, el cierre del debate es el mismo que el de la primera frase: nadie ha conseguido poner de acuerdo a quienes ven una mejora y a quienes ven un desastre. El edificio sigue ahí, acristalado, reformado y sin inquilino confirmado, mientras la plaza de Colón continúa siendo el escaparate donde Madrid exhibe sus contradicciones.