El Tófet: cuando los reyes de Judá quemaban a sus hijos vivos
«Hizo pasar por el fuego a su hijo». La fórmula se repite para el rey Acaz (2 Reyes 16:3) y para Manasés (2 Reyes 21:6), y las versiones de Crónicas la dicen sin eufemismos: quemaron a sus hijos en el valle de Ben-Hinón. El Tófet —el recinto de fuego donde se ofrecían criaturas recién nacidas— no es una fábula de polemistas tardíos. Es un lugar con nombre propio, anclado a la geografía de Jerusalén y al mismo debate arqueológico que rodea al mundo fenicio-púnico. La duda no es si se practicó, sino dónde, cuándo y contra quién se cargó la culpa después.
¿Qué era el Tófet y qué dice la Biblia?
En la Biblia hebrea pueden identificarse al menos tres formas principales de sacrificio de niños en el antiguo Israel y Judá, con origen y función distintos, según el trabajo de Heath D. Dewrell (Child Sacrifice in Ancient Israel, 2017). Una de ellas sería el sacrificio del primogénito como cumplimiento de una obligación religiosa: algunas versiones antiguas de la legislación israelita parecen entender que Yahvé tenía derecho sobre los primogénitos, igual que sobre las primicias de las cosechas.
El vocabulario importa. «Pasar por el fuego» funciona como fórmula ritual repetida, y los textos la presentan como «abominación de las naciones» vecinas. Esa etiqueta, cargada de propaganda, es precisamente lo que más discute la investigación reciente: si el rito era un cuerpo extraño infiltrado o parte del culto propio que luego se quiso enterrar.
El Tófet de Cartago: cementerio infantil o matadero ritual
La comparación con Cartago es inevitable, y también el ejemplo mejor documentado. Diodoro Sículo, que escribe a finales del siglo I a.C. sobre hechos ocurridos en el 310 a.C. (asedio de Cartago por Agatocles de Siracusa) y en el 406 a.C. (campaña de Himilcón en Sicilia), describe sacrificios de niños en el mundo púnico. Sus textos forman parte de la tradición griega hostil a Cartago, y ahí empieza el problema.
El Baal-Hammon que Diodoro identifica con el Cronos griego acabó asimilado al Saturno romano, cuyo culto fue popular en el norte de África hasta Septimio Severo. La lectura oficial durante décadas sostuvo que el Tófet de Cartago era un cementerio de alta mortalidad infantil, no un lugar de sacrificio, pese a las inscripciones votivas de las tumbas. La controversia sigue abierta: hay quien sostiene que una población cananea pequeña no podía permitirse matar a sus hijos con la mortalidad infantil de la época; en contra pesa que ningún pueblo mataba a todos sus vástagos y que el Tófet estuvo en uso varios siglos. También se cita Tell Sukas, un posible paralelo en el Levante.
¿Cambió Yahvé de opinión sobre el sacrificio de niños?
Aquí se rompe cualquier consenso. Una lectura conservadora sostiene que Dios no cambia: los textos que parecen admitir el sacrificio se interpretan mal, Éxodo 22 habla de consagración y no de matar, y Génesis 22 termina precisamente rechazando el sacrificio humano. Lo que cambia, dice, es la práctica del pueblo, no la voluntad divina.
La lectura crítica parte de otro sitio: los libros bíblicos son obras humanas, sujetas a los cambios culturales y teológicos de cada época, y algunos de esos cambios operan de forma retrospectiva. La prohibición se fija con los reformadores del final de la monarquía y con los escribas que reescribieron el legado textual en el exilio babilónico. Un caso incómodo es Jefte, que en Jueces 11 ofrece a su propia hija a Yahvé. La controversia sobre este punto quedó registrada ya en el siglo II: Marción concluyó que el Dios del Antiguo Testamento no podía ser el mismo del Nuevo.
El origen cananeo de los israelitas y el mito de la conquista
La arqueología y la genética han ido hacia otro lado. Las investigaciones actuales coinciden en que los antiguos israelitas surgieron de poblaciones cananeas locales, no como un grupo externo que conquistó Canaán desde fuera. Bajo ese prisma, el relato de la conquista sería un mito fundacional elaborado al final de la monarquía y en el exilio, con la mirada puesta en justificar el presente.
No todos lo aceptan. Se argumenta que excavaciones como Tel Hazor, en marcha desde hace unos 60 años, han documentado niveles de destrucción por incendio del Bronce Final; la respuesta escéptica es que un incendio no distingue entre accidente, guerra o venganza. El escrutinio textual completo —la lista de versículos que condenan el rito frente a los que lo toleran— es largo y está lejos de ser unánime, y conviene no confundir esa discusión filológica con las soflamas identitarias que a veces la rodean.
El punto donde todo se atasca es siempre el mismo: no hay un yacimiento en el valle de Ben-Hinón que zanje la pregunta. Sin huesos, la discusión se dirime entre textos que fueron reescritos por quienes querían condenar el rito y la sombra alargada de Cartago. Toda la arqueología del mundo antiguo, con sus estratos carbonizados y sus urnas, no ha cerrado el expediente. Quizá porque quien controla el relato del pasado controla también algo del presente.