La epidemia de altas capacidades: ¿diagnóstico o excusa?
Que cada vez más personas digan tener altas capacidades intelectuales no se debe a un estallido de genialidad, sino a una posible banalización del concepto. Mientras los tests de inteligencia arrojan que solo el 2% de la población supera los 130 de CI, en foros y consultas psicológicas parece que la mitad de los pacientes salen con la etiqueta. La paradoja es evidente: si todos son altas capacidades, la categoría deja de significar nada.
El auge del autodiagnóstico y la presión social
En el ámbito educativo, cada vez más padres atribuyen a sus hijos el sello de superdotados ante cualquier comportamiento precoz. Un hijo de entre 2 y 13 años que maneja un móvil ya es candidato. Según experiencias compartidas, de todos los niños que presumen de altas capacidades, apenas un 1% obtiene matrículas de honor; el resto ronda la mediocridad o está por debajo de la media. La brecha entre el autodiagnóstico y el rendimiento real es enorme.
Rendimiento laboral: la prueba de fuego
El contraste se hace más evidente en el mundo laboral. Se señala que, llegados a los 25 años, muchos autodenominados superdotados carecen de sentido común, iniciativa y capacidad de aguante. Las bajas por cualquier inconveniente son frecuentes, y la queja de que trabajadores inmigrantes les arrebatan el puesto por menor coste salarial se convierte en una paradoja: si son tan inteligentes, ¿por qué no compiten en productividad? La respuesta puede estar en que la inteligencia sin disciplina ni perseverancia no basta.
La sospecha recorre el debate: ¿estamos ante una moda psicológica que convierte en especial a cualquiera que acuda al psicólogo? El diagnóstico de altas capacidades, antes reservado a una minoría estadística, corre el riesgo de convertirse en un comodín para explicar fracasos personales o justificar una falta de adaptación. Y mientras tanto, la verdadera alta capacidad, la que combina talento con esfuerzo, sigue siendo tan escasa como siempre.