El traidor útil y el «orco»: las etiquetas de la guerra
Llamar «orco» a un ejército entero es más práctico que llamarlo enemigo: el enemigo sigue siendo humano y exige razones. La
demonización del ruso en el relato de la guerra de Ucrania ha dejado de ser un exceso verbal para funcionar como etiqueta con consecuencias, y quien la discute se expone a que le cuelguen la de traidor, apátrida o vendido a una potencia extranjera. El reproche cruzado sobre el alineamiento de España en la OTAN —y sobre el precio de dudar de él— vertebra una discusión en la que casi nadie se mueve de su
trinchera y casi todos acusan al contrario de repetir consignas ajenas. El menú es corto: «orco» para unos, «ucronazi» para otros, y traidor para cualquiera que se salga del guion.
¿Por qué se llama «orco» a los rusos y qué efecto tiene?
El término viene de la fantasía —la criatura sin rostro, la horda— y se traslada al lenguaje de la guerra para describir al adversario como una masa indistinguible. Ahí está su eficacia: si el otro no es del todo humano, cualquier medida contra él se vuelve más barata de justificar. Su reverso tiene nombre parecido:
«ucronazi», aplicado a los ucranianos, y que en la otra orilla se considera igual de descalificador. Hay quien niega haber usado nunca la primera palabra y sostiene que su rechazo se dirige a los dirigentes rusos y no al pueblo; con la misma lógica se responde que la etiqueta gemela clausura cualquier matiz sobre el bando contrario. El reproche de serie es siempre el mismo: el otro repite la propaganda ajena, sea una cadena estatal o un medio anglosajón. Las dos acusaciones se anulan. Y las dos siguen funcionando.
La Leyenda Negra como precedente: del español demonizado al ruso
El paralelismo histórico es el argumento más repetido: la imagen del español convertido en bestia durante el siglo XIX, con los bisnietos de aquellos señalados ahora como objeto de burla. De ahí se salta a 1898, al hundimiento del Maine, a los
300 marineros muertos y a una guerra declarada a España que, según esta lectura, se apoyó en un sabotaje. En el otro extremo del episodio se coloca el exterminio filipino:
3 millones de muertos, a razón de un millón por año según la versión que se maneja, más la matanza posterior durante la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial. La propaganda de la Gran Guerra, que retrataba al soldado alemán como un ogro, se cita como recordatorio de que ninguna potencia está libre de fabricar monstruos cuando le conviene.
El espejo ucraniano: Bandera, el idioma y las unidades del invasor
Del otro lado, el argumento estrella es que el régimen ucraniano hunde su inspiración fundacional en
Stephan Bandera, colaborador del nazismo, con un papel equivalente al que se atribuye a Sabino Arana en el nacionalismo vasco. Se recuerda que Ucrania es un país independiente desde hace 30 años, con reconocimiento de Moscú, y se sostiene que su idioma es un dialecto occidental elevado a lengua contemporánea. La parte más áspera llega con las unidades concretas del ejército invasor, formadas por minorías del propio país, a las que se atribuyen episodios del conflicto: una acusación que se lanza al aire y que nadie respalda más allá del reproche cruzado. La respuesta suele ser la misma: todos los ejércitos cargan con sus
cadáveres en el armario, y la cifra depende de quién cuente.
¿España está en la OTAN por vasallaje o por interés?
Aquí el terreno común se rompe. Se recuerda que la permanencia en la Alianza se selló en un referéndum —
9 millones de votos a favor de un total de 29 millones de españoles llamados a votar— que en teoría descartaba la integración en la estructura militar, completada después. Se añade que España figura como socio de pleno derecho sin que la decisión pasara por consulta alguna, y el agravio de
Ceuta y Melilla, territorios cuya cobertura como espacio aliado no se reconoce, mientras el socio principal prefiere entenderse con Marruecos. Para unos, ahí está la prueba de una alianza de conveniencia resuelta siempre contra los intereses españoles; para otros, la alternativa no es el no alineamiento, sino la órbita de otro.
Bush, la energía y el aislamiento de Europa
Otra línea de análisis sostiene que el pulso no empezó con la invasión. Se afirma que la administración de George W. Bush ya trabajaba por evitar un eje comercial y energético entre Europa y Rusia, y que esas maniobras rozan lo que el derecho internacional persigue, sin que ningún estado miembro haya mostrado interés en denunciarlas. En el mismo saco se mete el expediente de las armas de destrucción masiva en Irak, como recordatorio de justificaciones que luego no se sostuvieron. La conclusión es
de manual: los países se mueven por intereses, no por afinidades, y quien confunde una alianza con una familia se lleva la sorpresa tarde.
Predecir cómo acaba esto exige más fe de la aconsejable. Lo que sí puede medirse es el coste de la etiqueta: cada vez que una duda sobre la alianza se despacha con una descalificación, se pierde un argumento y se gana un silencio. Y el silencio, en una discusión sobre una guerra, rara vez sale gratis.