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Entre 1949 y 1953, la CIA lanzó en paracaídas a doce agentes sobre Ucrania occidental dentro del Proyecto AERODYNAMIC. Las fuerzas de seguridad soviéticas capturaron o mataron a todos salvo uno, y el fracaso no produjo una evaluación seria que corrigiera la práctica de la agencia.
La historia tiene algo de novela de espías, pero los papeles son reales. Entre septiembre de 1949 y 1953, una base de la CIA en Múnich organizó el lanzamiento en paracaídas de doce agentes sobre Ucrania occidental. Iban a recoger información y a conectar con la resistencia nacionalista que seguía combatiendo al Ejército Rojo. El resultado fue el contrario del previsto: las fuerzas de seguridad soviéticas capturaron o mataron a todos los infiltrados menos uno. El proyecto se llamó AERODYNAMIC, y su fracaso no fue un accidente aislado sino la consecuencia de una forma de trabajar.
El historiador Thomas Boghardt reconstruyó la operación con documentos oficiales y con los papeles personales del oficial que la dirigió en Múnich, Stephen B. Tanner. Su trabajo se publicó en 2025 en la revista Intelligence and National Security (vol. 40, n.º 1, pp. 151-171). Lo que aparece en esos documentos no es solo una misión mal calculada. Es un retrato de cómo Washington daba órdenes vagas y dejaba que los operadores sobre el terreno improvisaran una guerra.
La operación no nació en Ucrania ni en Estados Unidos, sino en la Baviera ocupada por el Ejército estadounidense. Aquella región limitaba con el bloque soviético y albergaba a un número enorme de emigrados anticomunistas. Entre ellos, los ucranianos formaban el grupo más numeroso. Los nazis habían deportado a Alemania a más de dos millones de ucranianos como trabajadores forzados, y muchos más llegaron al terminar la guerra. La mayoría acabó en campos para personas desplazadas, esperando un visado para emigrar. Otros conspiraban para liberar su país.
Una de las figuras centrales de esa comunidad era Stepan Bandera, líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN-B), una facción militante cuyo predecesor había combatido a los soviéticos durante la guerra, en ocasiones aliado con los nazis y en otras enfrentado a ellos. Bandera se instaló en Múnich y siguió siendo un símbolo potente del nacionalismo ucraniano. Los soviéticos pidieron su extradición en el verano de 1946. El Ejército estadounidense se negó y alegó desconocer su paradero. El Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército (CIC) llegó a protegerlo mediante la Operación ANYFACE.
El Ejército mantenía una actitud ambigua hacia Bandera. Por un lado, parecía estar al mando de un movimiento partisano relevante en Ucrania occidental. En 1947, varias bandas de ucranianos armados llegaron a Baviera tras cruzar Checoslovaquia y contaron que hasta 200.000 «banderistas» combatían al Ejército Rojo en Ucrania occidental y Polonia oriental. Por otro lado, Bandera defendía una visión totalitaria y dirigía su organización con mano de hierro. Según se informó, en una ocasión torturó hasta la muerte a dos compatriotas. Esa reputación encajaba mal con la misión oficial del Ejército de desnazificación y democratización.
En diciembre de 1947, Bandera pidió a otro exiliado ucraniano en Múnich, el sacerdote Ivan Hrynioch, que organizara el traslado de otro dirigente nacionalista, Mykola Lebed, que estaba en Roma y temía ser extraditado a la Unión Soviética. El CIC volvió a intervenir. El agente especial Camille S. Hajdu viajó a Roma, acompañó a Lebed y a su familia en un avión fletado hasta Múnich y allí lo interrogó sobre la resistencia ucraniana y los servicios de inteligencia soviéticos. Lebed había participado en la preparación del asesinato del ministro del Interior polaco en 1934, fue detenido y condenado, y escapó de prisión en 1939. Un memorando del CIC de 1947 lo describía como «un conocido sádico y colaborador de los alemanes».
Las dudas éticas pesaban menos que la lógica de la Guerra Fría. En 1947, el presidente Harry S. Truman declaró que la contención de la URSS era un objetivo central de su administración, aunque sin precisar cómo se llevaría a cabo. Ese mismo año, la Ley de Seguridad Nacional creó el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea, el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El NSC emitió después una serie de directivas que elevaron la retórica anticomunista hasta sustituir la contención por una política aparentemente más agresiva: la liberación. En palabras del intelectual conservador James Burnham, la liberación buscaba la «libertad para los pueblos y naciones actualmente esclavizados por el sistema estatal soviético centrado en Rusia».
El problema es que nadie explicó cómo debía responder Estados Unidos a quienes atendieran ese llamamiento. La contención y la liberación no eran una idea única sino un conjunto de supuestos que a menudo chocaban entre sí. En el caso de Ucrania, el llamamiento a la liberación contradecía una corriente más amplia entre los responsables políticos, que apoyaban derrocar el comunismo en Rusia pero se oponían a la desintegración del país. Lebed se lo dijo en cierta ocasión a un oficial de la CIA: la renuencia estadounidense a respaldar la independencia de Ucrania era «la debilidad fundamental de la cooperación de Estados Unidos con el movimiento de liberación ucraniano».
En la primavera de 1948, los soviéticos bloquearon los sectores occidentales de Berlín. Estados Unidos y Gran Bretaña respondieron con un puente aéreo de enormes dimensiones. Cuando el mundo parecía al borde de la Tercera Guerra Mundial, el NSC emitió la directiva n.º 4/A, que instaba a la CIA a poner en marcha operaciones de guerra psicológica detrás de la Cortina de Hierro con ayuda de emigrados. Otra vez, sin detalles.
Gordon M. Stewart, que después sería jefe de la estación de la CIA en Alemania, llevaba desde 1946 estableciendo contactos con emigrados ucranianos. Esa labor pasó a la base de la CIA en Múnich, cuyo jefe, Jay Carleton, encargó a un oficial subalterno, Stephen B. Tanner, que estudiara a la comunidad ucraniana. Tanner tenía poco más de veinte años cuando entró en la CIA en 1947 y fue enviado de inmediato a Alemania.
Al examinar el panorama de los emigrados, Tanner vio que la organización de Bandera se había dividido. La nueva «Representación Exterior del Consejo Supremo de Liberación de Ucrania» (ZPUHVR), encabezada por Hrynioch y Lebed, defendía una orientación democrática y proestadounidense. La OUN-B de Bandera mantenía una postura nacionalista y autoritaria. Tanner consideraba a Bandera un personaje incontrolable, carismático pero agitador, cuya organización estaba plagada de espías soviéticos. Los dirigentes de la ZPUHVR, en cambio, mantenían buenas prácticas de seguridad y «no estaban interesados en obtener beneficios o ganancias personales». Tanner conocía la colaboración de muchos ucranianos con los nazis durante la guerra, pero no encontró nada objetable en sus relaciones con los representantes de la ZPUHVR: «No escuché ni una sola palabra antisemita de los ucranianos con quienes mantuve contacto».
A petición de Tanner, el agente del CIC Hajdu organizó una reunión con Hrynioch en un banco de un parque del suburbio muniqués de Solln, en agosto de 1948. Después, Tanner se reunió con el dirigente del Consejo Supremo de Liberación en su apartamento, donde también estaba Lebed. Hrynioch le causó una impresión muy favorable: lo describió como «un caballero muy culto, brillante y humano, con suficiente talento diplomático y dominio de idiomas como para ser ministro de Relaciones Exteriores».
En una de aquellas reuniones, Hrynioch informó a Tanner de que dos mensajeros, el teniente Ivan Pankiv y el sargento Mykola Melnychyn, habían llegado desde el cuartel general del comandante del UPA en Ucrania occidental, el general Roman Shukhevych, cuyo nombre de guerra era Taras Chuprynka. Shukhevych les había ordenado regresar a Ucrania, y Hrynioch y Lebed se preguntaban si el gobierno estadounidense podría ayudarlos a volver. Tanner transmitió la solicitud a Carleton y reflexionó: «¿Qué mejores canales de acceso a la URSS podrían encontrarse que un “viaje gratis” con el UPA?». Carleton presentó una propuesta formal a la sede central de la CIA.
Justo entonces, Carleton tuvo que abandonar la escena. Según se informó, el jefe de la base hizo insinuaciones sexuales a un ciudadano extranjero en un parque local. «Recibió una paliza por sus intentos», recordó Tanner, «y perdió su billetera, que terminó en manos de la policía militar estadounidense junto con una denuncia». Stewart, jefe del brazo de inteligencia de la CIA en Alemania, la Oficina de Operaciones Especiales (OSO), lo envió de vuelta a Estados Unidos, donde fue despedido. Tanner se encontró de golpe en el centro de una de las operaciones encubiertas más ambiciosas de la agencia en Europa.
El 3 de diciembre de 1948, Richard M. Helms, jefe de la División M de Asuntos Exteriores y futuro director de la CIA, dio luz verde al Proyecto ANDROGEN, rebautizado después como CARTEL. El objetivo era establecer contacto con el cuartel general de Shukhevych en Ucrania occidental. Helms no especificó qué debía hacerse una vez alcanzado ese objetivo; ordenó a la base de Múnich que «aprovechara» el movimiento partisano ucraniano. Los oficiales de la OSO reclutaron a Lebed con el nombre en clave CARTEL 1, a Hrynioch como CARTEL 2 y al representante del UPA en Alemania, el teniente coronel Yury Lopatinsky, como CARTEL 3. Los agentes Pankiv y Melnychyn recibieron los nombres APOSTLE 1 y APOSTLE 2.
El modelo operativo imitaba el de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) lanzaba en paracaídas a agentes equipados con radios detrás de las líneas enemigas. Stewart propuso los lanzamientos aéreos como único método de infiltración adecuado. Harry Rositzke, jefe de la División Soviética de la CIA, convenció al jefe de inteligencia de la Fuerza Aérea, el mayor general Millard Lewis, para que proporcionara un avión. Tanner reclutó a una tripulación aérea húngara y entrenó a los APOSTLE en código Morse y manejo de armas. Mike Ray, veterano de la OSS, les instruyó en saltos en paracaídas bajo condiciones de guerra. «¡Era una locura!», recordó Tanner. «¿Cómo se puede hacer una voltereta hacia atrás al aterrizar llevando una carabina atada al costado?».
Antes del lanzamiento hubo que superar la oposición de los militares. Los altos mandos del Ejército se habían opuesto al nombramiento de Wisner por temor a que apareciera «otro Donovan que se apoderara de la pelota y se marchara corriendo con ella». Esos temores eran intensos en Alemania, donde la política estadounidense dependía del gobernador militar, el general Lucius D. Clay, que no podía permitirse operaciones aventureras cuya revelación perjudicara sus esfuerzos por alinear a Alemania Occidental con Estados Unidos. Un alto funcionario del gobierno militar advirtió a Wisner de que las operaciones de la OPC «podrían exponer al general Clay a ataques y situaciones embarazosas». Wisner presentó su caso ante el subsecretario de Estado Robert A. Lovett, que recurrió al secretario de Defensa, James V. Forrestal. Por indicación de Forrestal, el Ejército cedió y autorizó las operaciones encubiertas en Alemania.
El pasado controvertido de los ucranianos generó reservas en algunos funcionarios de la agencia. La CIA conocía la pertenencia de Lebed a lo que un informe describía como la «organización terrorista» de Bandera. El expediente sobre su guardaespaldas y hombre de confianza, Yaroslav Fedyk, registraba que había servido durante la guerra en la Feldgendarmerie, las unidades de policía militar alemana encargadas de pacificar los países ocupados. Hrynioch y Shukhevych habían servido en el Batallón Nachtigall, una unidad alemana de fuerzas especiales creada en 1941 para atraer voluntarios ucranianos. Al final, la lógica de la Guerra Fría pesó más que cualquier reparo ético. «Sabíamos lo que estábamos haciendo», reconoció después Rositzke. «Era un asunto visceral: utilizar a cualquier bastardo con tal de que fuera anticomunista».
La división entre Bandera, Lebed y Hrynioch también proyectó su sombra sobre el proyecto. Antes del lanzamiento, los dos APOSTLE visitaron a Bandera, que les habló de la cooperación del Consejo Supremo de Liberación con los servicios de inteligencia estadounidenses. Omitió mencionar que él había cerrado un acuerdo similar con los servicios británicos. Los APOSTLE, que creían servir exclusivamente a su nación, confrontaron airadamente a Lebed y Hrynioch. Solo con dificultad consiguieron los dos dirigentes convencerlos de que continuaran.
El 5 de septiembre de 1949, los APOSTLE subieron a un avión C-47 sin distintivos en la base aérea de Fürstenfeldbruck, a unos 26 kilómetros al oeste de Múnich. Los acompañaba su instructor de salto, Yaroslav Fedyk, con el nombre en clave CASSOWARY 6. Con la tripulación húngara, el avión despegó al anochecer para entrar en espacio aéreo soviético al amparo de la oscuridad. Las defensas aéreas soviéticas eran todavía rudimentarias y el C-47 logró hacerlo sin incidentes. Soltó a los agentes y su equipo de radio cerca de la ciudad de Leópolis. «La única desviación del plan ocurrió durante el viaje de regreso», recordó Stewart, porque los húngaros «no pudieron resistir la tentación de dar una vuelta sobre Budapest». El avión regresó sano y salvo a Baviera en las primeras horas del 6 de septiembre.
Los dos APOSTLE cayeron en medio de una agresiva operación soviética de contrainsurgencia dirigida por el teniente general Pavel A. Sudoplatov, un ejecutor que había organizado varios asesinatos por encargo de Stalin, incluido el asesinato con un piolet de León Trotsky en México. Los dos agentes murieron pocos días después de tocar tierra.
Siete meses después, en marzo de 1950, una fuerza de tarea bajo el mando de Sudoplatov emboscó y mató a Shukhevych. La resistencia que la CIA creía enorme y coordinada se quedó sin su comandante principal mientras la agencia seguía enviando hombres.
Unas semanas después del primer lanzamiento, la agencia trasladó en secreto a Lebed y a su familia a Estados Unidos. Por miedo al alcance de los servicios de inteligencia soviéticos, Lebed adoptó temporalmente el alias «Roman Turan». Ya en territorio estadounidense intentó movilizar a la comunidad de emigrados ucranianos para actividades de propaganda. Cuando el Servicio de Inmigración y Naturalización quiso expulsarlo por considerarlo un «caso de deportación evidente» debido a sus antecedentes de guerra, el subdirector de Inteligencia Central, Allen Dulles, intervino con éxito para conseguirle la residencia permanente. A partir de entonces, Hrynioch mantuvo el enlace con la CIA en Múnich y Lebed lo hizo desde Estados Unidos.
El balance de AERODYNAMIC es fácil de resumir y difícil de digerir. Doce agentes lanzados entre 1949 y 1953. Todos capturados o muertos salvo uno. La maquinaria soviética de contraespionaje, con Sudoplatov al frente, no necesitó demasiado para desmontar la red: los servicios de seguridad del Kremlin llevaban años infiltrando y desarticulando los restos del movimiento nacionalista ucraniano.
Boghardt sostiene que el fracaso tuvo tres causas que se retroalimentaron. La primera, la falta de planificación estratégica: nadie definió qué debía lograrse exactamente ni cómo medirlo. La segunda, la indefinición de la política estadounidense hacia la Unión Soviética, que oscilaba entre la retórica de la liberación y la negativa a respaldar la independencia de Ucrania. La tercera, la imprudente cultura operativa de la CIA en Alemania, heredera del espíritu audaz que William J. «Wild Bill» Donovan había inculcado en la OSS, donde las operaciones paramilitares primaban sobre la recogida de información.
La consecuencia más grave no fue el fracaso en sí, sino lo que no ocurrió después. No hubo una evaluación posterior a las operaciones que fuera significativa. Se aprendieron pocas lecciones. La agencia siguió realizando operaciones encubiertas defectuosas durante varios años, hasta culminar en el desembarco de Bahía de Cochinos en 1961. La conexión entre ambos episodios no es una licencia literaria: es la tesis del artículo, sostenida sobre los papeles del propio oficial que dirigió la operación ucraniana.
Hay un detalle que ayuda a entender el clima de la época. En su novela de 1965, La guerra del espejo, John le Carré describía una operación de espionaje fallida en la que una agencia en decadencia lanzaba a un emigrado polaco detrás de la Cortina de Hierro y lo abandonaba cuando la misión salía mal. Un joven oficial acusaba al director de «¡dejarlo allí para que muera!». El superior respondía: «Estamos renegando de él. Nunca es un proceso agradable. Prácticamente ya está capturado, ¿no lo entiendes?». Le Carré, que había sido oficial de inteligencia, ridiculizaba el romanticismo fatalista de muchos oficiales occidentales, su disposición a sacrificar agentes y su ceguera ante la impenetrabilidad del sistema de policía secreta soviético. La ficción se parecía bastante a lo que había pasado en Ucrania.
La infiltración no fue un secreto bien guardado. El 23 de septiembre de 1949, menos de tres semanas después del primer lanzamiento, The New York Times informó de un folleto soviético que denunciaba los «esfuerzos masivos del personal de inteligencia de Estados Unidos para infiltrar agentes en la Unión Soviética» e identificaba una «escuela especial para el entrenamiento de nacionalistas ucranianos» en Baviera. A comienzos de la década de 1950, la prensa estadounidense publicó informaciones sobre la detención, confesión y ejecución de agentes. Solo después de que los lanzamientos terminaran en 1953 se impuso un silencio que duraría dos décadas.
El silencio se rompió en 1977, cuando el oficial retirado de la CIA Harry Rositzke publicó The CIA’s Secret Operations, una mezcla de memorias y relato de las primeras actividades de la agencia. Rositzke confirmó la existencia del proyecto, reveló detalles nuevos y reconoció abiertamente su fracaso. Atribuyó el papel principal a la Oficina de Coordinación de Políticas (OPC), el organismo de acción encubierta semiautónomo de la CIA, pero trasladó la responsabilidad última al Ejército estadounidense, que supuestamente había presionado a la agencia para emprender operaciones temerarias detrás de la Cortina de Hierro. Sin documentos originales, la mayoría de los historiadores aceptó su relato. Como escribió el autor de la única monografía existente sobre el proyecto ucraniano: «El Pentágono prácticamente dictó la misión de la CIA contra la Unión Soviética».
La apertura posterior de archivos permitió revisar esa versión. El trabajo de la Comisión de Crímenes de Guerra Nazis, creada por mandato del Congreso, puso el foco en los vínculos de los nacionalistas ucranianos con la Alemania nazi y forzó la publicación de todos los registros de la CIA sobre la cooperación de la agencia con personal ucraniano potencialmente comprometido en la Europa de posguerra. De ahí salió un conjunto documental con miles de documentos sobre AERODYNAMIC y otros programas de infiltración relacionados. La comisión se centró en los crímenes de guerra, no en las operaciones de inteligencia contra los soviéticos, y muchas publicaciones posteriores hicieron lo mismo. Pero el proceso de desclasificación sentó las bases para investigar lo que había pasado de verdad.
Los documentos personales de Tanner, depositados en el Centro de Historia Militar del Ejército de Estados Unidos, completan el cuadro. Permiten ver los entresijos de una operación que se montó con entusiasmo, se ejecutó con improvisación y se cerró sin consecuencias para quienes la diseñaron. Las operaciones en Europa estaban mal integradas en el proceso de formulación de políticas en Washington. El gobierno de Truman creó numerosas organizaciones de seguridad nacional y produjo ingentes cantidades de documentos y directivas, pero la vaguedad y el carácter no vinculante de todo ese papeleo se tradujeron en falta de orientación y supervisión para los operadores en Europa. Como sostuvo la historiadora Sarah-Jane Corke, los oficiales de la CIA en Europa quedaron librados a sus propios criterios para conducir la Guerra Fría.
El proyecto ucraniano es un ejemplo de manual. Instada de manera muy general por los responsables políticos y los jefes de inteligencia en Washington a «hacer algo» contra los soviéticos, pero sin un aparato eficaz para dirigir las operaciones sobre el terreno, la CIA se lanzó a actuar allí donde incluso los más audaces temían aventurarse. El resultado fue el desafortunado Proyecto AERODYNAMIC. Doce hombres, un avión sin distintivos, una red de contactos frágil y una evaluación que nunca se hizo. La historia de esos doce agentes no es solo una nota al pie de la Guerra Fría. Es la prueba de que una agencia puede fracasar doce veces seguidas y seguir funcionando igual, siempre que nadie se siente a preguntar por qué.
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