La lista de genios que se repite y los nombres que nunca entran en ella
Platón, Arquímedes, Newton, Tesla, Einstein, Da Vinci. La nómina de genios que cualquiera recita de memoria es sospechosamente homogénea: hombres, casi todos europeos, y varios sin haber pisado jamás un aula universitaria moderna. El dato abre una pregunta incómoda: ¿esa lista mide el talento real de la humanidad o solo el talento que alguien decidió contar?
¿Todos los genios históricos fueron hombres blancos?
La respuesta corta es no, y quien la sostenga sin matices se queda sin argumentos en cuanto se rasca un poco. Lo que sí ocurre es que el canon que repiten los manuales escolares occidentales es abrumadoramente masculino y europeo, y de ahí nace la confusión entre lo que hubo y lo que se registró. El contraejemplo aparece una y otra vez: el
Imperio Chino duró miles de años, y una estructura semejante no se levanta sin cabezas privilegiadas. El problema, se sostiene, es de vara de medir. En un instituto de Pekín la lista de sabios sale bastante distinta a la que estudiamos aquí.
El acceso a la universidad y el argumento de las barreras
Parte de las explicaciones se apoya en las
barreras de entrada. Hasta el siglo pasado, amplios colectivos tenían vedado el acceso a la universidad, y el talento sin puerta se queda sin banquillo donde demostrarse. El contraargumento es demoledor por su sencillez:
ni Platón ni Arquímedes pasaron por una facultad y aun así encabezan todas las listas. La objeción se completa con otro apunte: en la Antigüedad la mayoría de pensadores salía de familias con recursos, no de la miseria, lo que sugiere que la inteligencia, sin red que la sostenga, no basta para entrar en los libros. De ahí la pregunta de fondo: ¿se dejó fuera talento por su origen o simplemente no había banquillo para todos?
Ramanujan, Hipatia, Curie y Hopper: los nombres que rompen la foto
La foto se agrieta cuando uno mira con atención.
Ramanujan, matemático indio sin formación reglada, es uno de los genios más puros que se citan, y su caso deja claro que no hizo falta un título para producir resultados que aún hoy asombran.
Hipatia de Alejandría figura como figura brillante de la Antigüedad, aunque no al nivel de las cabezas de cartel.
Grace Murray Hopper hizo posible el lenguaje COBOL que la banca sigue usando hoy, y
Hedy Lamarr, además de actriz, está detrás de tecnología que hoy maneja cualquiera sin saberlo. La lista, sencillamente, no era tan corta. La figura de Marie Curie, en cambio, genera más disputa: hay quien sostiene que su mérito correspondía en realidad a su marido.
El pulso sobre el talento femenino
Una corriente sostiene que las mujeres llevan más de un siglo con acceso a la
educación y aun así apenas figuran entre los grandes nombres. Frente a eso pesa el argumento de que la incorporación fue tardía, desigual y hostil, y que medir cien años contra siglos de historia es hacer trampa en la comparación. Los casos de Hopper o Lamarr desmontan parte de la acusación: hay aportes concretos, solo que no llegaron a los frisos.
España y los inventos que se atribuyó otro
Hay un capítulo que suele quedar al margen: la lista de genios también depende de quién patenta primero. Se recuerda el caso de
Isaac Peral y el submarino, o la polémica sobre la autoría del cinematógrafo, que se atribuye en España a un inventor nacional mientras los manuales consagran a los Lumière. Sin financiación ni defensa de lo propio, el mérito se muda de país.
El papel de Occidente y el factor cultural
Hay una corriente que atribuye el pelotón de inventos europeos no a la biología sino al
entorno. Se argumenta que el cristianismo funcionó como catalizador cultural en Europa, y que ese marco, más las condiciones materiales, explica por qué la ciencia moderna cuajó aquí y no en otro sitio. Frente a esa tesis, otra corriente recuerda que civilizaciones como la mesopotámica, la egipcia o la china ya habían resuelto problemas de agricultura y medicina siglos antes. La pólvora, la imprenta o la brújula se usaron masivamente en Europa, pero no nacieron allí.
Cada grupo humano ha tenido sus propios criterios de brillantez, y comparar aportaciones de hace tres mil años con la producción científica actual es mezclar épocas y escalas. La pregunta que queda en el aire no es cuántos genios hubo. Es cuántos se quedaron sin banquillo y sin registro. ¿Y si el talento, más que una cuestión de biología, dependiera de quién lleva la cuenta?