21-M: manifestación con bocadillos gratis para frenar a la ultraderecha
La convocatoria del 21 de mayo promete detener a la ultraderecha con un reclamo poco habitual: bocadillos gratis. El acto, que contará con Óscar Puente, Sara Sanolalla y Pablo Iglesias, ha sido organizado por una asociación de consumidores, lo que ya genera ciertas dudas sobre la coherencia de la iniciativa. Según la propia convocatoria, se esperaban dos millones de asistentes, aunque el aforo anunciado era de un millón. También se mencionó la cifra de 500.000 bocadillos, recibida con escepticismo por quienes recuerdan que los recursos públicos no deberían emplearse en propaganda política.
¿Movilización o propaganda con recursos públicos?
El uso de bocadillos como gancho ha sido calificado de “clickbait” por algunos analistas. La presencia de Pablo Iglesias, exvicepresidente del Gobierno, y de Óscar Puente, exalcalde de Valladolid, refuerza el carácter político del evento, que sin embargo se ampara bajo el paraguas de una organización de consumidores. La paradoja no pasa desapercibida: la izquierda, que tradicionalmente defiende los derechos laborales, ahora recurre a una entidad de defensa del consumo para convocar protestas. Los críticos sostienen que se trata de un acto propagandístico carente de sustancia económica, mientras que los organizadores defienden la necesidad de frenar el avance de la ultraderecha.
Las cifras que nadie se cree
La promesa de 500.000 bocadillos para los asistentes ha sido puesta en duda incluso entre los simpatizantes. En un contexto de inflación y encarecimiento de los alimentos, ofrecer esa cantidad de comida gratuita resulta, cuando menos, llamativo. No hay transparencia sobre el presupuesto del evento ni sobre la fuente de financiación. La falta de datos concretos alimenta la desconfianza de una población cada vez más escéptica ante los relatos oficiales.
Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, si la ultraderecha es una amenaza tan grave, se necesita un bocadillo para movilizar a la gente. Quizá el problema no sea la ideología, sino la credibilidad de quienes la combaten.
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