Mulholland Drive: el Hollywood que devora almas rotas
Afirmación tajante: David Lynch retrató Hollywood como una picadora de carne, y el análisis escena por escena de su obra maestra lo confirma sin ambages. La película no es solo un sueño roto; es la autopsia de una industria que atrae a los ya heridos y los despedaza. Pero entonces, ¿por qué el propio Lynch confesaba su amor por el cine? La paradoja recorre todo el metraje.
El análisis más afilado señala que el mito del oeste americano –ese cowboy que le dice a Adam «La actitud de un hombre determina su vida»– es la coartada perfecta para una fábrica de sueños donde la desigualdad y el sufrimiento son la norma. El vaquero no es un salvador; es el emblema de una industria que vende libertad mientras genera esclavitud emocional. No hay puntada sin hilo: hasta el cigarro que fuma un personaje contiene una broma llena de significado.
La clave está en las almas rotas antes de llegar. Marilyn Monroe, Rita Hayworth… figuras que ya llegaban heridas y Hollywood usó hasta consumirlas. La película no muestra el éxito de los miles de profesionales funcionales; muestra a las polillas atraídas por la luz. Y esa atracción es la que nos atrapa como espectadores. El genio en estado de trance –Lynch– lo supo capturar mejor que nadie.
Conclusión con reservas: probablemente el análisis escena por escena de Mulholland Drive siga generando nuevas capas durante décadas. Pero el retrato de fondo, ese Hollywood devorador, no cambiará. El cowboy seguirá ahí, sonriendo, mientras las Diane Selwyn se deshacen en la cama de un apartamento barato.