Hispanidad o Europa: el pulso por el relato de España
Un mensaje difundido con las banderas de México y España deja una frase sin matices: «Todo español que considere que su patria es Europa (mito de Occidente) y no la Hispanidad, también es enemigo de España». La sentencia no admite grises. Y reabre una de las grietas más viejas de la identidad nacional: si España es una nación europea con un pasado imperial, o el centro de una comunidad transatlántica que trasciende el continente. La controversia no es de salón. Se juega en el diccionario, en la bandera y en el censo.
Qué se está discutiendo en realidad
La Hispanidad designa el conjunto de pueblos y culturas de lengua y herencia española a ambos lados del Atlántico. El hispanismo es la corriente que convierte ese vínculo en programa identitario y, con frecuencia, en relato imperial. Quien defiende lo primero como patria sostiene que España trasciende su geografía. Quien defiende Europa como marco responde que España es, antes que nada, un país del sur del continente con una historia propia dentro de Occidente. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Ese es justo el punto que la polémica se niega a conceder.
España, ¿Europa u Occidente?
Un argumento recurrente recuerda que Occidente existía mucho antes de que Colón pisara América: por la península pasaron romanos, griegos, pueblos celtas y germánicos; los reyes españoles procedieron históricamente de otras naciones europeas; y dos lenguas españolas, el vasco y el catalán, se hablan también al otro lado de los Pirineos. Desde esa lógica, desgajar a España de Europa es no tener idea de historia. La réplica no tarda: hay quien sostiene que a los españoles nunca se les ha aceptado del todo como europeos, que la península jamás ha pertenecido de verdad a ese club y que España no es África ni Europa, sino otra cosa. Y una tercera voz, irónica, zanja: «Europa comienza en los Pirineos, y al paso que vamos también será donde termine».
El sur de Italia, el hermano que no interesa
Aquí llega el golpe más incómodo para el relato hispanista. Nápoles y Sicilia estuvieron bajo corona española más tiempo del que luego duró el dominio sobre buena parte de Sudamérica continental. Nadie los reivindica como hermanos espirituales. La conclusión que se extrae es amarga: la Hispanidad selecciona sus afectos por criterios que tienen poco que ver con la historia compartida y bastante con la piel. Es un reproche que el propio discurso hispanista no ha logrado desactivar, y reaparece cada vez que se despliega el mapa completo del imperio.
Etnia, lengua y política identitaria
Otra línea de crítica ataca el núcleo conceptual. Se argumenta que el hispanismo funciona en la práctica como un etnicismo que reduce la identidad a un solo criterio —la lengua— y arrincona el resto. La respuesta de sus defensores es que la grandeza del vínculo hispánico residió precisamente en articular lo universal y lo local: concejos, cabildos, gremios y hermandades, con el catolicismo como marco. El problema, replican los críticos, es que el catolicismo es universal por definición, y atarlo a un linaje lo contradice de raíz. El pulso entre identidad cultural y color de piel atraviesa toda la controversia.
La deriva que nadie quiere defender
No todo el recorrido es presentable. Una parte del discurso derivó hacia descalificaciones étnicas contra la población migrante latinoamericana, con el argumento de que esa inmigración diluye la españolidad. Conviene separar ese registro del análisis histórico: describe flujos migratorios reales —mercados de trabajo, presión sobre servicios, salarios— y los convierte en jerarquía de personas. La discusión seria sobre la Hispanidad se pierde en cuanto entra por ahí. También asoma el ruido catalán: acusaciones cruzadas de supremacismo y de odio que transforman cualquier conversación sobre identidad en trinchera. El cómputo detallado de agravios históricos contra Francia e Inglaterra —Navas de Tolosa, la guerra por Italia, las acometidas sobre el Pacífico— queda para quien quiera hilar fino.
Queda el dato que descoloca. Si la Hispanidad se midiera por siglos de bandera compartida, el sur de Italia tendría mejores credenciales que medio continente americano. Y sin embargo nunca aparece en el panteón. La patria, al final, no la elige la historia. La elige quien redacta la lista.