El «plan C» de Rusia: ceder terreno para forzar la guerra de maniobras
Rusia pierde miles de kilómetros cuadrados, abandona centenares de blindados y la lectura de sus simpatizantes es que todo iba según lo previsto. El repliegue no sería una derrota, sino una finta: el
«plan C» de Vladímir Putin consistiría en desproteger un sector del frente, dejar que Ucrania se lance a por él y, cuando las tropas ucranianas salgan de sus posiciones fortificadas, arrastrarlas a campo abierto. Sobre las llanuras ucranianas la guerra de trincheras se convierte en guerra de maniobras, y ahí quien tiene más carros, más aviación y una doctrina de asalto acorazado recupera la ventaja. Es la tesis que defiende una parte del hilo, y también el motivo por el que media docena de respuestas se limitan a preguntar, con retintín,
cómo va esa artimaña.
De la toma de Kiev en 72 horas a la guerra de trincheras
El punto de partida, según el planteamiento que abre el asunto, era otro muy distinto. La operación inicial buscaba un puñetazo sobre la mesa: ocupar media Ucrania en
72 horas, entrar en Kiev incluida, descabezar el país y salir con pocas bajas. Rápido y limpio. No salió.
El llamado plan B consistió en avances limitados, lentos pero constantes, en las áreas de mayor interés político para Moscú. Ahí sí hubo conquistas de terreno y bajas importantes para el lado ucraniano, pero a los pocos meses la situación degeneró en una guerra de posiciones, una
Stellungskrieg a medio camino entre la guerra de Manchuria de 1905, la Primera Guerra Mundial y las guerras de insurgencia de Oriente Medio, con armamento más sofisticado. Un escenario que Rusia podía ganar por puro desgaste —más hombres, más artillería, más carros, más aviones, más munición— pero a un coste que se habría llevado por delante el propio objetivo: decenas de miles de muertos propios y un territorio heredado en ruinas.
El judo del plan C: incitar al enemigo a salir de la madriguera
La maniobra que se atribuye ahora a Moscú funciona, en la descripción que se hace de ella, como un movimiento de judo: emplear la fuerza del oponente en su contra. Rusia desprotege un sector, Ucrania ataca, Rusia se repliega, los ucranianos se vienen arriba y avanzan un poco más. Los medios occidentales echan las campanas al vuelo. Y por arte de magia la guerra de trincheras desaparece: el frente vuelve a moverse.
Hay un segundo motivo, de política interior, que se apunta en la misma dirección. Una movilización general decretada con un frente estático y una población apática se digiere mal; una movilización exigida por el propio clamor popular, con el enemigo en casa, se digiere sola. Y ese clamor existe: en torno a un
20% del electorado ruso se sitúa en la ultraizquierda que pide poner toda la carne en el asador, y otro tanto ocurre en la ultraderecha.
¿Quién tiene ventaja en una guerra de maniobras?
La pregunta no es retórica. Ucrania llega con unas fuerzas blindadas mermadas y escasa aviación; Rusia dispone de la mayor fuerza acorazada de Eurasia y de una aviación que, sostiene esta lectura, lleva reservándose desde el comienzo del conflicto. Las llanuras ucranianas son el terreno ideal para una batalla móvil, precisamente el escenario para el que se entrenó durante décadas al ejército ruso.
El contrapeso es que el territorio se estira y se encoge sin decidir nada por sí solo. En el propio análisis se admite que un asalto total este otoño, con ocupación hasta el
Dniéper, tampoco garantizaría una victoria completa. Traducido: ni la conquista de unos cuantos pueblos en una semana significa ganar, ni la pérdida de una ciudad supone perder.
El coste que la finta no explica
La objeción más repetida es material, y no ideológica. Se habla de
más de 400 vehículos destruidos y comprobados, de dos divisiones importantes que se han esfumado, de líneas acortadas que dejan casi todo lo ocupado al alcance de la artillería precisa de largo alcance. Si el repliegue era deliberado, se pregunta, ¿por qué se movieron tropas de élite del frente norte al sur? Y si la moral no importa, ¿cómo se explica haber sudado sangre por una ciudad para entregarla en una tarde?
El argumento económico tampoco es menor. La ayuda militar y de municiones suministrada a Ucrania ronda los
60.000 millones de dólares, cifra que equivale al presupuesto de Defensa ruso, a cinco veces el presupuesto anual español en la materia y a menos del 10% del de Estados Unidos. Con esos números, la metáfora del gato que da zarpazos a un ratón sin escapatoria se sostiene mal cuando es el ratón el que deja la cara inflada.
Lo que ni los críticos ni los defensores pueden saber
Aquí aparece el problema de fondo, y es lógico. El único objetivo declarado en el discurso oficial del primer día fue desnazificar y desmilitarizar. Del supuesto plan A, del B y del C no hay documento público alguno: son reconstrucciones, y cada bando reconstruye lo que le conviene. Que Rusia haya capeado las sanciones y haya tejido alianzas con China e India convive con que Finlandia y Suecia hayan entrado en la OTAN. Todo eso cabe en la misma balanza.
Por eso la discusión se atasca siempre en el mismo sitio: quien anticipó que habría victoria operacional y derrota estratégica ha visto que no hubo ni lo uno ni lo otro, y quien sostiene que el repliegue era una jugada maestra sigue sin poder demostrarlo con otra cosa que el resultado del día siguiente. El tiempo dará y quitará razones, dice el autor del planteamiento.
¿Y si no las da?