China no sube tipos porque no tiene inflación: tiene lo contrario
¿Por qué China es el único gigante que no ha movido los tipos al alza? Porque su problema es exactamente el inverso al de EEUU y la Unión Europea. Mientras las grandes economías occidentales subían el precio del dinero para frenar la inflación de demanda post-COVID y el sablazo energético, Pekín se enfrenta a lo contrario: un CPI que lleva tiempo rozando el cero o directamente en negativo y un PPI que acumula años en deflación.
Ese es el punto de partida. Subir tipos en un país así no sería ortodoxia monetaria, sería meterle la puntilla al consumo.
Por qué China no puede subir los tipos de interés
El diagnóstico que se repite es el de recesión de balances. El ladrillo chino reventó —Evergrande, Country Garden y una lista que no sale en portada—, las familias están endeudadas hasta las cejas y, sobre todo, asustadas. Cuando un hogar cree que su mayor activo, su vivienda, vale menos y su deuda sigue intacta, deja de gastar. El consumo no se enciende con una rueda de prensa.
Y aquí está la paradoja que desarma el manual: bajar los tipos tampoco sirve. Es empujar una cuerda. El crédito no circula porque nadie quiere endeudarse más, no porque el dinero sea caro.
¿Puede China hundir a EEUU vendiendo sus bonos?
La otra pregunta recurrente es qué hace Pekín con sus reservas. Las gestiona el SAFE y buena parte ha ido a parar a deuda pública estadounidense, con los intereses revirtiendo al Estado. Truco contable, ninguno.
Lo que se imagina —soltar cientos de miles de millones de golpe para tumbar al tío Sam— es de primero de guardería. El movimiento depreciaría la propia cartera china en el mismo instante y dispararía los tipos que Pekín paga por financiarse. Disuasión mutua, no botón rojo. Y el detalle que casi nadie mira: el rendimiento de esa cartera es calderilla comparado con el agujero inmobiliario.
Del yuan al lingote: el giro fiscal del oro
A partir de aquí el asunto deriva a otra cosa. Se sostiene que el oro es el refugio definitivo: comprado con DNI, sin rastro, enterrado en la parcela. La letra pequeña desmonta el relato. Si hay factura, vender el metal tributa igual que cualquier plusvalía, entre el 19% y el 23%, y encima sin dividendos y pagando custodia. Si no hay factura, el problema no es el furgón blindado: es el artículo 39 del IRPF, que presume el patrimonio no justificado por nivel de vida sin necesidad de pala.
Y un detalle que tumba la fantasía del tesoro invisible: la Ley 7/2012 prohíbe pagar más de mil euros en efectivo. Tienes el oro, pero no puedes comprar un coche con él.
Un cálculo que circula pone números al otro bando. 50.000 euros al S&P 500 a veinte años, con un 8% anual, se convierten en unos 233.000; Hacienda se queda cerca de 41.000. Con un 10%, el montante llega a 336.000 y la factura fiscal ronda los 68.000. Entre el 22% y el 24% de la ganancia, solo al vender.
Al final, la única certeza es la de siempre: el tipo que pagas tú lo firma otro cada cuatro años, y la piedra que entierras en el jardín sigue pesando exactamente lo mismo. La libertad fiscal, por ahora, es un producto de catálogo.