Crisis mental colectiva: ¿nos hemos vuelto todos locos?
Imagínate que conoces a alguien que te llena de atenciones, te dice que eres especial, que quiere algo serio contigo. Y de repente, sin aviso, desaparece o se convierte en otra persona. No es una excepción: es el patrón que muchos describen en sus relaciones. Es el «love bombing» que se ha vuelto moneda corriente, un síntoma más de una sociedad que, según una corriente de análisis, está emocionalmente destrozada.
Los síntomas son múltiples y coinciden en un diagnóstico: la gente está cada vez más sola, más narcisista y más agresiva en sus interacciones. La pandemia de 2020 actuó como catalizador, pero las causas son más profundas: precariedad laboral, vivienda inaccesible, pérdida de redes comunitarias y una cultura digital que prima la apariencia sobre el vínculo real.
El amor líquido y el «love bombing»
Una de las conductas más señaladas es el llamado «love bombing» o bombardeo de amor: una persona te colma de halagos y promesas al principio de la relación, y cuando te engancha, cambia radicalmente. Es un comportamiento típico de perfiles narcisistas, pero lo alarmante es lo extendido que está. Quienes lo sufren describen una experiencia agotadora: «te tratan como a un papel del culo».
Esta dinámica se retroalimenta con la soledad estructural. La gente se aferra a cualquier muestra de afecto porque está desesperadamente sola, y cuando consigue llenar su vacío, desecha al otro. Las redes sociales han potenciado esta cultura del descarte: la gente es más cruel y más irrespetuosa detrás de una pantalla.
Los datos del malestar: el consumo de antidepresivos
Más allá de las percepciones, hay cifras que lo corroboran. Un análisis de prescripciones revela que las mujeres consumen entre 1,5 y 3 veces más antidepresivos que los hombres. En dosis diarias por cada 1.000 habitantes (DHD), las mujeres registran 131,7 frente a 73,9 de los hombres. La prevalencia es del 15% en mujeres y del 6% en hombres. Son datos que reflejan un problema de salud mental masivo, sobre todo entre las mujeres, que además soportan mayor precariedad y sobrecarga emocional.
Pero el malestar no entiende de género absoluto: la soledad y la desconfianza se extienden. Muchos confiesan que han dejado de confiar en casi todo el mundo, que se aíslan. «El 95% de los borregos van contentos al matadero», dicen, refiriéndose a una sociedad que parece haber aceptado la mediocridad afectiva y material.
Las raíces del problema: economía y falta de arraigo
Detrás de este deterioro hay factores materiales. La falta de un duro – la precariedad laboral –, la imposibilidad de acceder a una vivienda, la pérdida de identidad de barrio y la desestructuración familiar son el caldo de cultivo. La gente ya no tiene a qué agarrarse. Las amistades son fugaces, las relaciones de usar y tirar. Incluso se habla de un «dimorfismo sexual» en las relaciones: unos no tienen nunca sexo y otros caen en la promiscuidad como una adicción.
Todo esto ha generado una «ola de narcisismo» que algunos califican de pavorosa. Se culpa tanto al liberalismo extremo como a la secularización – «haber dejado de lado a Dios» –, pero el consenso es que la sociedad funciona con un «importanadismo» donde cada uno hace lo que le sale sin consecuencias.
Los datos de consumo de antidepresivos son la prueba cuantitativa de un malestar que muchos sienten pero pocos nombran. Y mientras no se aborden las causas – la soledad, la precariedad, la falta de comunidad –, ese 15% de mujeres y ese 6% de hombres seguirán medicándose para sobrellevar una realidad que, cada vez más, parece de locos.
Nota: El presente artículo refleja un análisis basado en testimonios y datos discutidos en espacios de debate público. Las cifras de consumo de antidepresivos proceden de fuentes oficiales disponibles en la literatura médica.