La paradoja del 'nada pasa': estancamiento cultural y boicot económico
España suma tres millones de habitantes en cinco años —el equivalente a una provincia entera— y sin embargo una corriente creciente de ciudadanos siente que no pasa nada. La frase «no va a pasar nada» se ha convertido en un mantra que trasciende la resignación para articular una estrategia económica: trabajar lo mínimo, consumir lo justo y no comprar nada. ¿Es una depresión colectiva o una respuesta racional al agotamiento del modelo?
El vacío cultural que esconde una crisis de poder adquisitivo
La queja recurrente apunta a un vacío que va más allá de la economía: no hay películas ni series relevantes desde hace dos décadas, la música no innova, la corrupción se queda sin consecuencias. Pero el diagnóstico tiene un anclaje material. Mientras el PIB crece y la población alcanza los 49 millones, la capacidad adquisitiva del español medio se erosiona. Los salarios no acompañan al coste de la vivienda —un piso de 80 metros cuadrados exige dedicar el sueldo de 150 años— y la respuesta es la indiferencia.
La teoría del 'nadapasismo' como estrategia económica
Un sector del análisis sostiene que la única revolución posible es la fiscal: trabajar lo menos posible para pagar lo menos posible, y boicotear el consumo. Es una forma de huelga silenciosa que ni los partidos ni los medios han logrado movilizar. «No va a pasar nada» se convierte así en una profecía autocumplida que desactiva cualquier movilización. La abstención electoral, el desinterés por los debates institucionales —el Debate sobre el Estado de la Nación lleva años sin celebrarse— y la desconexión cultural son manifestaciones de un mismo fenómeno.
Las dos caras del diagnóstico
No todo es pesimismo. Hay quien defiende que vivimos la mejor época de la humanidad en términos materiales: jamás hubo tanta esperanza de vida, tanta oferta tecnológica ni tantas opciones de ocio. La sensación de vacío sería un problema de miopía generacional: quien se cree que «no pasa nada» es porque ya no ve los cambios, que son graduales pero profundos. La población ha crecido en tres millones en cinco años, las ciudades se transforman, pero el ritmo lento impide percibirlo.
En cualquier caso, el «nadapasismo» ya es un fenómeno sociológico con consecuencias económicas medibles: caída del consumo discrecional, huida de la política convencional y una sorda resistencia fiscal. La pregunta que queda es si esa abstención es una respuesta lúcida a un sistema que ya no ofrece más que repetición, o simplemente la rendición de una generación que dejó de creer en el futuro.