Todd culpa al protestantismo cero del declive de Occidente
Emmanuel Todd publicó en 1976
La chute final, un ensayo en el que anticipó la caída de la URSS. Casi medio siglo después, el antropólogo y demógrafo francés vuelve a la carga con
La derrota de Occidente, traducido por Akal, donde sostiene que el declive de EEUU y Gran Bretaña tiene una causa que pocos se atreven a nombrar:
la desaparición del protestantismo. No la competencia china, no el gasto militar, no la deuda. La fe.
La tesis, resumida en la entrevista que abre el asunto, es una secuela confesa de
La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber. Todd distingue tres fases: protestantismo vivo, protestantismo zombi y
protestantismo cero, ese estado cercano al nihilismo en el que ya no queda ni el marco moral que sostenía el sistema económico. Y avisa: esto no se arregla en unos años.
Alfabetización, predestinación y el origen del despegue económico
El argumento central no es teológico, es estadístico. Entre los siglos XVI y XVIII, la obligación protestante de leer las Escrituras produjo una
alfabetización masiva en el norte de Europa. Todd señala que el mapa de mayor alfabetización europea y el de las principales naciones industriales hacia 1900 coinciden: Prusia, Suecia, Países Bajos, Gran Bretaña, Alemania. Fuera de Europa, EEUU. Francia se mantuvo en la carrera porque, siendo católica, estaba lo bastante cerca del mundo protestante para no quedarse atrás.
Hay un segundo componente, psicológico. La doctrina de la predestinación instalaba a Dios en el inconsciente del creyente: el trabajo y el éxito demostraban que uno era de los elegidos. Todd lo llama
una psicología loca, pero reconoce su eficacia. El neoliberalismo, dice, no es tanto una innovación como un nuevo sistema moral que ocupa ese hueco vacío.
El PIB ficticio y la huida del trabajo manual
La consecuencia contemporánea es una economía irreal. Todd vincula la separación entre la economía financiarizada y la productiva a la caída de los estándares educativos en el mundo angloamericano y a la huida del trabajo manual. El resultado: un
PIB de naturaleza ficticia y una incapacidad creciente para producir bienes, incluidas las armas que esos países necesitan para sus guerras.
El capítulo más difícil de escribir, admite, fue el de Gran Bretaña, por su vínculo personal con Cambridge. Le costó aceptar que Margaret Thatcher fuera tan destructiva como Ronald Reagan. Sostiene que la desintegración de la clase dominante británica tuvo efectos secundarios en la estadounidense, y que de ahí viene buena parte del desorden actual.
La réplica: saqueo colonial, no teología
La tesis de Todd no ha tardado en encontrar oposición frontal. El argumento más repetido: los países protestantes no prosperaron por serlo, sino por el
saqueo sistemático de sus colonias y de otros pueblos. Holanda, Inglaterra y EEUU se enriquecieron a costa de otros, no gracias a Calvino.
Una variante más sofisticada invierte la causalidad: no fue el protestantismo el que generó el capitalismo, sino al revés. La prosperidad capitalista produjo sociedades protestantes; en países de industrialización tardía como España, la gente siguió siendo católica pero dejó de ser tradicionalista. Si el capitalismo post-industrial entra en crisis, entran en crisis los valores que le eran propios.
La sospecha sobre el propio Todd
Hay un tercer frente, más incómodo. Se reprocha al autor que se presente como científico social neutral mientras su marco de fondo es culturalista y, en la práctica, eurocéntrico. Se le acusa de mirar por encima del hombro a la Europa del sur, de dar por sentado que al cruzar los Pirineos se entra en el analfabetismo. Un sesgo que, según esta lectura, no es casual en un francés que ha hecho carrera en el mundo anglosajón.
La defensa de Todd es explícita: dice ser occidental, defender el pluralismo y la democracia liberal, y no ofrecer juicios morales. Solo analiza. Que en Francia basta sugerir que Putin tiene inteligencia para que te llamen prorruso, se queja.
El dato que descoloca
Todd predijo en 1976 la caída de la URSS. Acertó. Ahora dice que el declive de Occidente es irreversible a corto plazo porque la ética que lo sostenía tardó siglos en construirse y no se reconstruye en unos años. Si tiene razón otra vez, el problema no es quién gane la próxima guerra. Es que ya no queda nadie que sepa por qué lucharla.