Eric Finch
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La entrevista al ministro Óscar Puente con Cristina Pardo pone de manifiesto la estrategia del PSOE de atrincherarse en un relato de conspiración, la desconexión de la realidad de algunos políticos y la preocupante normalización de la falta de rendición de cuentas en la vida pública.
En un país que se precie de normalidad democrática, que un ministro del Gobierno se siente ante una periodista para dar explicaciones, incluso sobre temas espinosos, debería ser la norma, no la excepción que causa asombro. Sin embargo, la entrevista concedida por Óscar Puente a Cristina Pardo en el programa *La mesa* ha sido recibida por muchos como un acto de valentía inusual. La pregunta que surge es si realmente hay que aplaudir que un cargo público cumpla con una de sus funciones básicas: rendir cuentas ante la ciudadanía, representada en este caso por un medio de comunicación.
Puente, en su comparecencia, abordó cuestiones como la gestión de la crisis de Ceuta, la situación de los inmigrantes y las críticas al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Se le escuchó justificar la postura del Ejecutivo ante la crisis migratoria, calificando ciertas interpretaciones como "pro derechos de los inmigrantes" y distanciándose de la idea de que se tratase de bulos propagados en redes. También se refirió a la "infinita crueldad" de criticar las vacaciones del presidente, un punto que generó debate. La periodista, por su parte, intentó repreguntar y obtener respuestas más allá de las explicaciones preparadas, ejerciendo su labor de fiscalización.
La entrevista también ha servido para evidenciar una estrategia política que parece estar adoptando el PSOE, especialmente de cara a próximos comicios. Se percibe un intento de consolidar un relato en el que los poderes del Estado, como los jueces, los medios de comunicación y los servicios de inteligencia, estarían inmersos en una supuesta conspiración para desestabilizar al Gobierno. Óscar Puente pareció deslizar esta idea al referirse a la parcialidad de algunos jueces en causas que afectan al partido o a personas cercanas a él, como la investigación sobre la mujer de Pedro Sánchez o la situación del ex fiscal general.
Esta visión del mundo, donde los adversarios son muchos y las reglas del juego parecen estar corrompidas en su contra, es un terreno peligroso. Cuando un gobierno se siente acorralado, tiende a cuestionar las instituciones que deberían garantizar la transparencia y la justicia. La estrategia de sembrar la duda sobre la imparcialidad de los tribunales o la objetividad de la prensa puede servir para justificar futuras derrotas electorales, presentando el resultado no como una decisión de los votantes, sino como la consecuencia de un sistema manipulado. Es una forma de prepararse para el fracaso, culpando al tablero antes de que empiece la partida.
Uno de los aspectos más llamativos de la intervención de Puente es la aparente desconexión entre la realidad que viven muchos ciudadanos y el discurso ofrecido. Mientras la vida de las familias se ve afectada por la inflación, la falta de vivienda o la precariedad laboral, el ministro parece centrarse en debates más abstractos o en la defensa de la imagen del presidente. La idea de que la mayor "crueldad" es criticar las vacaciones de Sánchez, en lugar de abordar los problemas concretos de la gente, marca una brecha significativa.
Esta "sanchización" de la realidad, como se podría llamar, lleva a algunos políticos a creer que tienen una misión mesiánica. Se autoabsolven de responsabilidades, convencidos de su rectitud moral, y al mismo tiempo, proyectan la idea de que el PSOE será refrendado en las urnas. La propia declaración de Puente sobre su posible futuro, sugiriendo que la vida le va llevando, o su afirmación de estar al servicio del partido y no de los ciudadanos, son señales de alarma. Un ministro debería estar al servicio de la ciudadanía, no de las siglas.
Que la ciudadanía o los analistas reaccionen con sorpresa y hasta gratitud ante una entrevista donde un ministro responde a preguntas incómodas es, en sí mismo, un síntoma preocupante de la degradación de la vida pública. Deberíamos dar por sentado que los periodistas harán su trabajo, que los ministros explicarán sus acciones y que habrá rendición de cuentas. La sorpresa ante esta normalidad democrática indica que nos hemos acostumbrado a la excepción.
La frase de Óscar Puente de que "bastante hago hoy aquí con dar explicaciones sobre cosas que estoy leyendo en los papeles" resume una visión del cargo público que no es la ideal. Los ministros no están haciendo un favor al dar explicaciones; están cumpliendo con su deber. Que nosotros hayamos llegado a pensar que debemos agradecerles cuando, de vez en cuando, recuerdan que trabajan para nosotros, es un signo de que la salud democrática está más delicada de lo que parece. La rendición de cuentas no debe ser un acto heroico, sino un pilar fundamental de cualquier sistema político que se precie.
https://paralalibertad.org/todavia-habra-que-dar-las-gracias-por-la-entrevista-de-puente-con-cristina-pardo/ Todavía habrá que dar…